Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Ayer celebramos el fin del máster. Quedamos para salir de cortos. Fue interesante. La noche empezó con cariño, no el de los verdaderos amigos, sino el cariño clásico de un grupo de personas reducido que ha trabajado y compartido el espacio y sus buenos momentos y que saben que de alguna manera, aunque digamos que siempre estaremos en contacto, probablemente nunca nos volvamos a ver. Hubo besos, abrazos, caricias, mimos, sonrisas, cerveza… y cómo no, la pregunta:
¿qué vas a hacer ahora?
Lo gracioso en sí, no fue la pregunta, sino la situación. Durante unos minutos me quedé pensando en una respuesta que resultara creíble. ¿Qué voy a hacer ahora? Ha sido un año interesante. Ha sido una vida interesante. ¿Y ahora qué?
Ahora toca el break. Me sorprendí a mí misma respondiendo: no lo sé, no tengo a dónde ir. Y es cierto. No tengo a dónde ir ni a dónde volver. No tengo un hogar ni obligación alguna. Lo único que tengo es un contrato de alquiler por un año que me lleva a la reflexión. ¿Y ahora qué? Lo bueno de no tener a dónde volver es que no sólo no tengo la obligación de ir a ningún sitio, sino que tampoco la tengo de quedarme aquí.
Es una sensación extraña. A priori debería tener miedo y sentirme perdida, desorientada, preocupada… ¿y ahora qué? Pero lo sorprendente es que no lo estoy. Ahora sé exactamente lo que voy a hacer. Cuando era muy pequeña tenía un sueño, quería meter mis cosas en una mochila y recorrer el mundo. Durante mi infancia, me preguntaba si fuera de este país habría otros lugares diferentes y si encajaría en alguno más allá del horizonte. Así que eso es exactamente lo que haré.
Supongo que no me queda nada más por hacer, ¿no? Sacaré los proyectos que pueda, haré las prácticas, buscaré la forma de ganarme la vida, haré dinero y en cuanto pueda, pediré un visado y me largaré a probar suerte a donde encuentre. Es un buen plan, un planazo en realidad. Y tengo muchas ganas de empezar.
Quiero volver a ver a V. Lo he pensado mucho. Y quiero hacerlo. Intentaré hacerlo el mes que viene, porque de una manera o de otra, quiero darme ese capricho. Quiero tener esa despedida y quiero que sea una despedida memorable. Puede que me haya dejado marca para siempre, pero sé que al menos podré cerrar la herida.
¿Sabes qué pensé el otro día? Fue un pensamiento fugaz. Recordé exactamente el punto de conexión entre V y yo, el momento y el texto preciso con el que contactamos. Hice una contratcrítica a unos payasos que andaban spameando eventos basura de tuenti sobre el maltrato animal. No tenían el texto bien estructurado ni argumentos coherentes, pero pasaban fotos muy sangrientas. Me reboté con la basura y les escribí un extensísimo párrafo llamándoles hipócritas y ejemplificándolo. Fui dura, fría y cruel.
Diez minutos después, V me mando un mensaje privado y una solicitud de amistad. Decía: «Hola, no nos conocemos. He visto tu comentario en un evento y me ha gustado mucho. Sólo quería hablar contigo.»
Lo que se me hizo gracioso fue que lo que le llamó la atención de mí por primera vez fue mi lado borde y frío. Le gustaron mi crueldad y mi cinismo. Es la única persona a la que le ha gustado eso de mí. Él solía decirme «me gustan tus heterodoxias«. Me gustaba que le gustaran mis rarezas. Nunca olvidaré eso de él.
heterodoxia.
(Del gr. ἑτεροδοξία).
1. f. Cualidad de heterodoxo.
heterodoxo, xa.
(Del gr. ἑτερόδοξος).
1. adj. Disconforme con el dogma de una religión. Escritor heterodoxo. Opinión heterodoxa. U. t. c. s. Un heterodoxo. Los heterodoxos españoles.
2. adj. No conforme con la doctrina fundamental de una secta o sistema.
3. adj. Disconforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas.