Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

Todas las princesas necesitan un príncipe azul

Todos los cuentos sobre princesas se basan en la premisa de que una moneda tiene dos caras. Si hay una princesa en apuros, por fuerza debe haber un príncipe azul.

Es cierto que en la sociedad moderna ya casi no es necesario que sea un príncipe estrictamente hablando. En la actualidad, el príncipe azul de cualquier princesa puede ser un hombre bueno, humilde, honrado, un hombre que acabará rescatando a la princesa, contrayendo matrimonio con ella y accediendo así a su fortuna y a su título de príncipe azul y, por consiguiente, rey. En ocasiones, incluso, lo hemos visto ocurrir del revés: un príncipe que se casa con una villana. Pero son las menos y la línea argumental es la misma, sólo que intercambiando los roles.

¿Qué pasa cuando la princesa no es tal cosa? ¿Qué pasa cuando nos encontramos con un personaje que en realidad no es más que una bruja haciéndose pasar por princesa? Porque en la vida real hay más roles además del rol de príncipe y princesa hipotéticos. ¿No? ¿Por qué será que los hombres se dividen casi siempre entre el deseo físico de tener a una bruja en la cama y el deseo moral de rescatar a una princesa en apuros? Todos quieren sacarte de la miseria, pero en el fondo no desean dejar de practicar sexo sucio y sin contemplaciones.

Qué encrucijada.

Todo este desvarío viene al caso de que el último hombre que ha pasado por mis sábanas parece haberse convertido en un asiduo fan de mi casa y de mi placer. Todos los días viene a cenar, me arregla alguna cosa y se mete en mi cama. Es como una especie de pareja o de novio con el que no tengo que hablar, porque tampoco tiene grandes dotes para la conversación, pero con el que puedo compartir las tareas y muchas actividades que solucionan algunos desajustes de mi vida cotidiana.

Él dice que le miro muy raro, así como de medio lado. La verdad es que me dedico a observarlo con mucha atención cuando lo tengo cerca. Intento aprender a leerle, conocer su lenguaje corporal, sus expresiones. Le observo cuando cocina, cuando arregla algún mueble, le observé mientras desollaba y descuartizaba el jabalí que trajo a casa, le observo mientras come, mientras vemos la televisión, le observo mientras me folla y le miro mientras duerme.

Conozco cada centímetro de su piel y cada peca y cada lunar. He visto que se han desarrollado muchas mejoras y muchos cambios en su forma física y en su lenguaje corporal desde que viene por aquí. Es interesante lo que el sexo puede hacerle al ser humano.

La verdad es que tenemos suerte. En este sentido, yo ya estoy como cansada. Me quemaron mis últimos amantes. Ahora me resulta extremadamente fácil abrir las piernas y esbozar una sonrisa. Es muy fácil hacer feliz a un hombre sencillo. Él siempre me pregunta si me gusta, si me apetece, si tengo ganas. Dice que no quiere hacerlo sólo por él, sino que quiere hacerlo por mí. Por los dos. Yo nunca le contesto. Le beso y le incito. Le acaricio y le mimo. Y le miro y le observo mientras lo hacemos en absoluto silencio.

Ahora le ha dado por «rescatarme».

A mí no me hace falta, la verdad, vivo bastante bien. Pero se ha dado cuenta de que vivo con el 10% de su sueldo. De vez en cuando me da dinero para cubrir sus gastos, para que le compre carne. Y ayer me dio dinero para que me comprara algo por mi cumpleaños. No admite que se lo devuelva y yo no puedo aceptarlo. Lo estoy guardando todo en un bote. Cada céntimo que me da, lo estoy metiendo en una caja de caudales que tengo escondida en mi habitación. Cuando la tenga llena, puede que le regale algo. Puede que sirva para nuestro primer piso o para el banquete de bodas… o para unas vacaciones. Quién sabe.

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