Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Hola, antiguos compañeros de profesión.
Resulta que me dio la neurosis de hacer un experimento turístico y rural con un viejo blog que tenía con mi nombre real. Para llevarlo a cabo, necesitaba conectar las antiguas cuentas de redes sociales y todas esas cosas que se hacen cuando se quiere poner en marcha una campaña de ‘social media’.
Vaya. Qué cambiado está el mundo. Desde aquí ni se ha notado la diferencia de un año a otro, pero mi regreso a mis viejas cuentas de facebook, twitter, etc. ha sido fascinante. Antes las tenía plagadas de ‘profesionales’ del sector en cuestión que me interesaba, ya sabéis, para estar informada de las novedades de aquel que fue mi viejo mundo. Ahora está todo convulso, como si hubiéramos sobrevivido a un Apocalipsis tecnológico.
Los grandes maestros de cuando yo intentaba adentrarme usan las redes para protestar y dar rienda suelta a sus frustraciones, los antiguos social media que daban cursos (y supongo que siguen dando cursos de marca personal) hablando de lo importante que es dirigirse a la gente de forma individual te mandan mensajes programados en los que te tratan como si fueras un extraño sin tener siquiera en cuenta si eres un hombre, una mujer o qué…
Y fotos, más fotos, cientos de miles de fotos de las rutinas de cada uno. Miles de millones de selfies, de comidas, de posturas de gimnasio y de carteles y textos reivindicativos sin sentido. ¿Cuándo se ha viciado tanto el mercado?
El aporte comunicacional de las redes está muriendo. Ya nadie se molesta en leer ni en emitir contenido de calidad, sólo piensan en voz alta, juzgan, critican y, lo mejor, que nadie cambia de profesión o de clientes o de vida… con lo fácil que es mandarlo todo a tomar por saco y volverse al pueblo (por ejemplo xD).
¿Que no te gusta tener nómina? Pues vete al pueblo y cobra en negro… si te dejan de pagar: dejas de trabajar, si no te gusta el trabajo: buscas otro, pero no tienes un papel firmado que te obliga a trabajar gratis hasta cumplir con tu contrato y que dice que si lo dejas te quedas sin cobrar todo lo que te deben.
¿Que no hay dinero para comer? Pues se pide prestada una finca y se siembra un huerto… se sale al bosque a por setas, se adoptan los jabalíes sobrantes de la caza deportiva, se admiten fragmentos de ovejas viejas y se estofan… no sé.
¿No tienes nada que hacer? Pues te das un paseo por el monte, por el bosque y haces algo de ejercicio al aire libre.
Que sí, que pagar gastos mínimos y básicos hay que pagarlos, pero, sinceramente, me quedo a vivir en mi espacio ‘tercermundista’ (como lo describió una vez un colega urbanita de la capital española) que ganaremos poco, pero lo que tenemos es nuestro, no nos lo pueden quitar, y tenemos tooooodo el tiempo del mundo para hacer lo que nos de la gana.
Eso sí, hay que saber vivir en el pueblo. Hay que saber matar el tiempo, buscar entretenimientos gratuitos, economizar los gastos y rentabilizar el tiempo. Y adaptarse, claro está, al clima y a la falta de lujos. Pero luego puedes hartarte de caza y boletus y huevos de rey y cabritos de primera y huevos de corral y hortalizas y frutas ecológicas… aquí no se pagan los gastos de envío, ni el transporte, ni la marca, ni el envasado y nadie te vende gilipuerteces: es o no es y punto.
Mileuristas de ciudad: no me dais ninguna envidia, NINGUNA.