Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Las lluvias habían cesado y el jefe de la tribu había decidido que la temporada de caza acababa de comenzar. Los guerreros de la tribu, jóvenes y ancianos, irían de batida aquel mismo día. Los hombres se preparaban durante la víspera. Algunos yacían con sus mujeres, otros santiguaban sus armas y preparaban sus ropas, otros pedían a los dioses protección y ayuda. Todos salvo uno.
El gran guerrero dormiría solo la noche antes de la caza, pues desde el preciso momento en el que al gran jefe anunciara la fecha, su mente debía centrarse única y exclusivamente en la búsqueda de la presa.
Durante la batida, las mujeres de los guerreros preparaban su regreso. Limpiaban, recogían, preparaban las cocinas y los cuchillos para despiezar y conservar las presas que sus hombres debían de traer al regreso. Las mujeres se quedaban a atender los huertos y los animales del poblado. Las niñas ayudaban a sus madres y cuidaban de sus hermanos y los niños demasiado jóvenes para la caza se ocupaban de ayudar con la leña.
Todas las mujeres salvo una. La única mujer que poseía su propio estatus en la tribu. Ella no compartía las tareas de las mujeres de cuidar a de los hombres ni de los animales porque ella cuidaba de sí misma y de los hijos de Madre Tierra. Ella se ocupaba de enviar su espíritu a los bosques para traer suerte a los cazadores, para alentar a las presas a correr en la dirección en que las armas se apostaban a la espera. Ella llamaba al viento y a la lluvia para favorecer a la vida.
Cuando los hombres regresaron al poblado terminada la batida, ella fue la primera en saberlo, pues su espíritu regresó de los bosques antes de que llegaran los hombres y fue el viento quien susurró el número de piezas que habían traído.
Satisfecha con el resultado obtenido, bajó despacio las escaleras y abrió la puerta de su casa antigua para recibir al gran guerrero que traía en sus manos como ofrenda la primera pieza obtenida por su mano para honrarla y traer sobre sí la buena suerte.
Y lo que parece un relato o un cuento de sociedades antiguas se materializa en vida, pues ese no es más que el extraño y fantástico relato del acontecimiento de este sábado.
Sí, fue el primer día de batida y sí, me trajeron la primera pieza. Bueno, la primera pieza exactamente no porque sé que se cazaron tres piezas y de las dos que podrían haberme traído una era demasiado grande y no tenía sitio suficiente, así que me trajeron la segunda que era un poco más chica y me entraba en el arcón.
Y es que el hombre que duerme en mi cama es un gran cazador. Para celebrar su victoria, salimos al bar a tomar algo. No es que necesite que vaya, pero me gusta ver a los hombres cómo de forma tan primitiva beben y alardean de su aventura y de su éxito. Me gusta oír cómo la halagan y me gusta que se sientan orgullosos de sus hazañas porque al fin y al cabo no es más que una tradición antigua que sobrevive al paso del tiempo y, en nuestro caso, la caza sí es una fuente de alimentación y una de las bases de nuestro sistema de vida.
La anécdota en sí fue la siguiente:
«Es que le has venido muy bien, desde que está contigo caza más que nadie y tiene mejor puntería, le traes suerte».
¿?¿?¿?¿?¿? Espera, que ahora soy yo la que trae suerte.
Y la leyenda rural sobre mis poderes de bruja empieza a crecer. Al principio decían que hacía budú a mis enemigas y que por eso les iba mal. Luego cerraron sus negocios. Y eso sí que me ha hecho siempre mucha gracia, porque siempre he tenido ojo para adivinar el fracaso de las personas que se lo ganan a pulso así que siempre he dejado atrás a las personas que he sabido que iban a darse un porrazo, y se lo han dado… y luego me han dicho que soy bruja.
El año pasado adiviné todos y cada uno de los jabalíes que cazó el hombre que duerme a mi lado. TODOS. Todos los días, antes de irse de caza le decía: hoy sí, hoy no. Y todos los días acerté. Este año no he jugado a adivinar (por si se me acaba la suerte).
Después empezaron las viejas… con eso de que ‘todo lo hago bien’ y demás. Después vinieron las historias de hacer ‘magia’ con los ordenadores, mis habilidades con perros y gatos y mis conocimientos sobre tóxicos y plantas medicinales…
Y ahora traigo suerte para la caza y me piden que les haga talismanes.
Estamos todos locos en este pueblo.
Me falta una bola de cristal, una baraja de cartas y ale… a echar la buenaventura.
Sí que es verdad que en la antigüedad las mujeres no tenían valor por sí mismas. Puede que sí en algunas sociedades matriarcales, pero cuando el ser humanos e hizo sedentario, por alguna extraña razón, la mujer perdió su poder o se lo cedió al hombre. Y antaño se repartían los roles: jefes, guerreros, trabajadores, mujeres y niños.
Puede que la política de hoy en día no se reparta así, pero sí que me he dado cuenta de que la sociedad pequeña en la que vivo se distribuye de una forma muy parecida. Y, en el fondo, me gusta mi rol de ‘bruja’, al fin y al cabo, las brujas eran las únicas mujeres en las tribus que tenían valor por sí mismas y que no dependían de los hombres. Tenían su propio rango y derecho a elegir y a entrar en los repartos alimenticios. (Estamos hablando de mucho antes de la llegada del cristianismo).
Aquí es un poco parecido. Los hombres trabajan, los hombres cazan, los hombres cuidan huertos y ganado. Las mujeres cuidan a los hombres y a los niños. Las personas que no hacen nada no sirven para nada y no cuentan como individuos integrantes de la sociedad, por lo tanto, no participan de las actividades. Y todas las mujeres de mi pueblo son la mujer de alguien, menos la bruja, que es independiente. Nadie me llama ‘la novia de’ ni ‘la mujer de’. Todos me llaman por mi nombre de pila.
Y cuando salgo por ahí, nunca me comporto como si tuviera dueño. Tampoco como si fuera la dueña del hombre que duerme en mi cama. Y todos los demás se admiran por la falta de normas y de compromiso que tenemos. Pero es que no lo necesitamos, somos mayorcitos y ya sabemos exactamente qué es lo que tenemos que hacer.
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