Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Tal y como dice la leyenda: sólo hay que saber llegar en el momento adecuado, al lugar oportuno.
En esta ocasión, mis experimentos psicosociales me han llevado a introducirme de pleno en el mundo de la hostelería española. ¿Mi experiencia? Uf… todo un piccasiano mural de personajes, rollos raros, y muchas, muchas drogas y alcohol.
Hacía muchos años que no vivía mi vida de esta manera y la verdad es que está siendo enriquecedor a la par que muy destructivo. Pero por fin tengo material nuevo sobre el que escribir.
Entremos en materia.
15 de Julio (fecha aproximada). Había terminado la cereza accidentadamente (recordemos el tema de mis siete puntos en la palma de la mano) y mis expectativas económicas se habían ido al traste. Tenía un contrato de trabajo en el mismo bar que el año pasado: mismo horario, mismo puesto, mismas personas, mismo sueldo. Pero dado que la cereza se jodió, el mismo sueldo ya no me valía.
Un día vi una oferta de trabajo en un bar de otro pueblo, no muy lejos, y se me ocurrió llamar. Me llamaron para probarme, me pusieron de camarera (trabajo que no había hecho en mi vida y que odio a más no poder), superé mi prueba y me hicieron una oferta económica que no quise rechazar: duplicaba mis expectativas. Maldita la hora en la que entré a trabajar en el dichoso avispero que resulta que es mi restaurante… la cantidad de cosas que he visto y oído.
Como no soy una persona estable, mi capacidad para sobrevivir al rebaño de mis compañeros de trabajo murió en el preciso instante en el que me dí cuenta de que ya no podía aprender nada más de ellos. En fin, ya había aprendido un oficio y ya soy capaz de hacerlo todo por mi cuenta, de modo que estar allí todo el tiempo con las mismas personas me agoviaba y no me servía de nada.
Además, no son buenas personas. Son ese tipo de gente que lleva demasiada convivencia junta y que, con el tiempo, se vuelve hostil frente a los extranjeros. Intrusa, me llaman.
Así que no tardé en abrirme a nuevas experiencias y empezar a relacionarme con el gremio. En la plaza en la que se encuentra mi restaurante hay siete más. Y comparto la terraza con otros dos. Así que hice migas con el resto de los camareros y empezamos a compartir relatos, leyendas urbanas, cuentos, historias y experiencias. Y a pesar de ser la única mujer del grupo (duende me llaman por mi actitud infantil), me integraron en seguida.
Y se abrieron las puertas del infierno.
Quedadas nocturnas clandestinas, drogas, alcohol… y complicidad, mucha complicidad. Nunca había entendido este lado de la balanza cuando lo veía desde fuera, pero, la verdad, cuando trabajas trece horas al día aguantando a los clientes, las voces de los encargados, las paranoias de los jefes, los malos rollos de los compañeros esquiroles, te pagan una mierda y no libras casi nunca… de alguna manera tenemos que desconectar nuestras neuronas.
Qué mágicos son esos momentos mañaneros en los que nos encontramos montando las mesas y nos guiñamos un ojo porque sabemos que todos tenemos la misma resaca.
En fin, escribiré más posts para relatar la historia de este verano. Espero que los disfrutéis.