Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Érase una vez, en una tierra muy, muy lejana, en la que vivía un carnicero que no tenía mucho dinero. Su vida era humilde, alejada de lujos y pretensiones. Pero el carnicero estaba casado con una mujer exigente a la que deseaba complacer.
No podían tener hijos, así que para hacer feliz a su esposa, tomaron la decisión de adoptar a una preciosa niña que se convirtió rápidamente en la luz de sus ojos y de sus vidas.
El problema es que resultó que darle a su hija la vida de princesa que su mujer deseaba para ella era más caro de lo que se podían permitir. Pero el deseo de alimentar la convicción de la niña en privilegios que no tenía era mucho más fuerte, pues el amor que los padres sentían por ella les impedía negarle ni el más mínimo capricho.
Ocurrió que la vida, como por acto de magia, ofreció al matrimonio la posibilidad de hacerse cargo de dos niños perdidos que necesitaban amparo y protección a cambio de una suculenta paga mensual para cubrir los gastos de la adopción.
Así fue como los hermanos Hansel y Gretel acabaron al cuidado de la pareja. Pronto resultaron ser más problemáticos de lo que los padres esperaban. Y es que, con el tiempo, habían estado tan absortos en complacer a la princesa con el dinero que los niños traían debajo del brazo, que habían olvidado prestar atención a los chiquillos, lo que hizo que ambos se buscaran la vida para crecer en un entorno hostil y maduraron sin educación ni valores ni una enseñanza ética que los condujera por un sendero honrado. Después de todo, ¿qué se puede aprender, desde la inocencia, en un lugar tan lleno de inquina, maldad, picardía, vicios, despotismo y desprecio? ¿Qué otro referente tenían dos niños abandonados a los que nadie prestaba atención?
Para cuando quisieron darse cuenta, ya era tarde. Los delitos de los niños superaban la capacidad de los padres para gestionarlos. Los castigaron, sí, pero de nada sirvió.
Un día se dieron cuenta de que los hermanos también estaban empezando a ser exigentes: querían los privilegios de aquella que era la princesa de la casa. Pero no sólo eso, sino que se comparaban con los demás chicos de la escuela y empezaron a querer lo que quieren todos.
La solución que se les ocurrió fue la de castigar a los niños obligándolos a trabajar para aprender lo que significa el sacrificio. Pero la retorcida mente del pueblo no se dio cuenta de que mientras los padres gastaban y derrochaban el dinero de la manutención de Hansel y Gretel en privilegios que su princesa jamás habría podido pagar por sí misma, los niños eran explotados trabajando en B en el campo para traer dinero a casa, un dinero que no disfrutaban, pues sus padres lo gestionaban según su criterio.
Así que Hansel y Gretel vestían ropa de segunda mano, usaban móviles heredados y sufrían castigos y reprimendas injustas mientras su hermana presumía de vivir a todo tren y los trataba como esclavos en casa para que limpiaran, ordenaran y se ocuparan de hacer tareas que ella evadía de forma magistral.
Los niños se volvieron delincuentes. Fueron detenidos más de una vez y al mismo tiempo justificados. Los padres debieron darse cuenta de que si permitían que aquellos niños cumplieran condena o mancharan su expediente, servicios sociales exigiría explicaciones, se abriría una investigación y correrían el riesgo de perder la custodia, con la mensualidad que conllevaba. De modo que aprendieron a mirar a otro lado y a arreglar con acuerdos de dinero las pifias de los críos con tal de que los guardias hicieran la vista gorda.
En el siglo en el que vivimos, es más importante aparentar para mantener un privilegio, que hacer justicia, educar a los niños en valores sanos y enseñarles el sacrificio del trabajo como vía para conseguir sus objetivos.
Y aquí dejo la pregunta: ¿qué están aprendiendo estos jóvenes cachorros realmente?