Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Últimamente el viento ha estado produciendo pequeños cambios en mi vida, muy sutiles, muy pequeños, pero parece ser que todos ellos están generando una especie de Efecto Mariposa que me está abriendo pensamientos nuevos.
Estos días atrás han sido un caos un poco raro. El cambio de estación, el cierre del ciclo, me está conduciendo hacia un horizonte oscuro y extraño, cubierto de niebla gris mortecina que no me asusta, más bien me cautiva. Es como una llamada lejana, un recuerdo, un sueño distante que me habla y me inspira.
Todo forma parte del proceso.
Este mes han aparecido personas nuevas, personas antiguas y personas que ya estaban ahí pero que he aprendido a ver de otra manera. Y todo ello me lleva a pensar que, tal vez, el pasado me ha enseñado todo lo que debía saber antes de enfrentarme a los nuevos obstáculos. No diría que son problemas, son más como pruebas, situaciones que se me ofrecen como ocasiones concretas para demostrarme a mí misma todo lo que he aprendido.
Una de esas personas apareció en mi vida de sorpresa, como un golpe del destino. Algo que sentía y soñaba y no sabría interpretar. Las noches pasaban y esas miradas heridas y fugaces se mezclaban en la oscuridad persiguiendo mis pasos. Lo deseé hasta la médula sin saber exactamente por qué ni qué quería de él… o él de mí.
Fue un «Crash», un choque repentino entre dos almas dolidas y asustadas que sufren sin decirlo por secretos que no pueden contar. ¿Éramos de la misma especie? Como poco, venimos del mismo mundo. Pero ninguno de los dos somos lo que los demás ven y en medio del maremagnum de apariencias nos veíamos el uno el otro. Reconozco que me ha dolido y me dolerá algún tiempo. Pero hay que decirlo, sea lo que sea lo que creemos que existe no es más que una ilusión, una fantasía, una kimera. Sólo es un espejismo fruto del deseo de dos personas de huir de la realidad para no enfrentar los problemas que nos abruman y nos ahogan. ¿Seríamos más felices si lo dejáramos todo en un mundo en el que ni siquiera nos aprecian y nos fugáramos? No lo creo, el estigma social nos perseguiría toda la vida y, finalmente, la que más iba a sufrir con ello iba a ser yo, como siempre, sin haber hecho nada. Me culparían sólo por permitir que otra persona quisiera cambiar su vida.
Hay lugares a los que ya no puedo volver. El fantasma cruel anda siguiendo mis pasos y envenando cada rincón en el que descubre que paro para aislarme socialmente impidiéndome rehacer mi vida de ninguna manera. Ya corren nuevos rumores, ya hay nuevas personas implicadas en mi contra. El muy cobarde siembra las dudas en los lugares menos importantes, pero no tiene valor para enfrentar la verdad en donde importa: rechaza ante un juez la misma carta con la que pretende ganarme. No es más que un triste, un miserable, un alcohólico, un mentiroso y un estafador.
Otra criatura de mi pasado ha venido arrastrada por el viento como sin querer. Ha querido la vida que me regalara un par de noches mágicas colmadas de recuerdos y de conversaciones que nos han ayudado mucho a conocernos de nuevo y vernos de otra manera.
«¿Crees que habrá algún problema?», preguntó cuando nos despedíamos.
«¿Qué clase de problema?»
«No lo sé, siempre te he visto desde una perspectiva paternofilial… no me gustaría que las cosas cambiaran»
» Ya no soy una niña», se me escapó una sonrisa tierna, es verdad que me conoció con apenas unos 15 años, una falda de colegiala y muchos problemas y siempre cuidó de mí. ¿Cuánto tiempo hacía de eso? Tal vez más de 2 décadas, «Nada cambia nada y lo cambia todo, sólo es un grado más de confianza, otra parada segura en el camino. No te preocupes».
Dependencia emocional, apego, miedo al compromiso… ¿por qué nos preocupamos tanto por estas cosas cuando ni siquiera sabemos a dónde queremos ir ni qué estamos buscando? La vida puede ser triste si la contemplas desde fuera cuando no entiendes cómo piensan y sienten las criaturas que no forman parte de este mundo. Pero la tristeza no está en errar a través del mundo sin lugar ni tribu, la tristeza se encuentra en todas aquellas cosas que están quedando abandonadas en las cunetas de lugares perdidos por cuyas carreteras deshechas ya no pasan las autovías. La modernidad se está llevando un mundo que pronto sólo podremos ver a través del cine o de la literatura o a través, quizá, de los ojos de personas como yo, como este espíritu del pasado, que sabemos apreciar esas pequeñas cosas que se esconden debajo del alquitrán del asfalto.