Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
¿De dónde habré sacado yo la convicción de que los fuertes han de proteger siempre a los débiles? Si todas las figuras de autoridad de mi vida cuando no los abusones del cole o los soplapollas de mi pueblo se han dedicado de forma constante y permanente a demostrar que esa idea no sólo es ridícula, sino que ni siquiera se ajusta a la realidad ni por asomo. ¿En qué mundo protege nadie a las personas desfavorecidas o vulnerables?
Ni las instituciones diseñadas para eso ayudan a nadie, a no ser que sea una situación súper estandarizada, fácil de manejar o que represente beneficios económicos. En la sociedad del más por menos ni siquiera aquellos que ayudan lo hacen por la satisfacción de haber ayudado a otro. Si no pueden colgarse una medalla, obtener un reconocimiento público o llevarse una suma sustancial al bolsillo a cambio del mínimo esfuerzo, no pidas ayuda. Hasta los héroes quieren serlo derribando muros de pladur sin correr riesgos reales y sin dejar de tener demasiado orgullo como para meterse en un edificio en llamas para rescatar a un niño. Es más fácil silenciar los hechos y encerrar a la madre histérica en un centro psiquiátrico para evitar que en el mundo se sepa que en realidad nos hemos vuelto todos unos cutres inútiles no vaya a ser que se nos caiga el prestigio.
Por cierto, vuestro prestigio huele a la misma mierda a la que huele un cobarde que no sabe enfrentarse a un problema serio.
Damos la espalda al dolor y al sufrimiento, consentimos que pasen cosas que podríamos haber impedido, decidimos no responsabilizarnos de nada que no sea satisfacer nuestro propio ego. Nos volvemos frívolos, superficiales, avariciosos, egoístas y narcisistas.
Hasta que pasan las cosas que pasan.
Y cuando ocurre la catástrofe venimos todos a fingir que nos importa, a mostrar condolencias y a quedar bien. Cuando una víctima del maltrato social se va, todo el mundo acude al entierro a expresar sus condolencias y publican comentarios dejando claro que siempre habrían estado ahí para lo que hubiera hecho falta. Los menos hipócritas tachan a la víctima de egoísta por no querer responsabilizarse de sus problemas.
El problema es que con los muertos todos pueden hacerse una foto para posturear y fingir que importaba. Cuando las víctimas no estamos muertas y rechazamos ser el mono de feria de la obra benéfica que sólo sirve para engrandecer la falsedad mediática de una institución o un grupo social de subnormales que sólo quieren parecer buenas personas pero que en realidad no arreglan nada… estamos todos locos.
De todos esos hijos de puta que van por ahí permitiéndose el lujo de hablar de los problemas que tienen las personas que pasan por lo que pasan, que pasamos por lo que pasamos, ¿cuántos habéis tenido los huevos alguna vez en vuestras vidas de acercaros a esa persona que decís que tanto la queríais y decirle con ánimo de escuchar “qué te pasa”? NADIE. Porque los problemas del prójimo no son vuestra responsabilidad y cada uno tiene que ser mayorcito para tomar la determinación de pedir ayuda, ¿verdad?
Pero para criticar, juzgar, poner a parir a la gente y especular… para eso sí tenéis autoridad moral y competencia social. Para eso sí. Como sociedad, la Sierra es la ostia, pueden pasarse veinte pueblos hasta joderte la vida miserablemente y cuando ya no puedas más o decidas poner medidas de por medio para sobrevivir y no acabar en la mierda, te pondrán de vuelta y media con la sensibilidad de un muro de acero inoxidable sin importarles lo más mínimo lo que pase contigo.
Eso sí, si te mueres sí se ofrecen a haberte ayudado… porque, que yo sepa, en la Sierra de Francia se ayuda de dos maneras:
– para quedar bien: están ahí para cuando les necesitas, pero siempre que les necesitas tienen algo mejor que hacer. Aquí se tiene más disponibilidad para exigir, que para echar un cable.
– a toro pasado… si me hubieras dicho, si hubiera sabido… ya, qué fácil es decirlo cuando ya no se puede hacer nada, ¿no?
Me gustaría saber, de todos esos que os estáis hinchando a mostrar apoyo y condolencias a la familia del muchacho, todos esos que lo pusisteis a parir y que malmetiais por las esquinas y en los bares, todos esos amigos que vais diciendo que sabíais que era evidente que tenía problemas pero que jamás llegasteis a preguntarle, cuánto os va durar en serio el apoyo que estáis ofreciendo a la familia. Ya os lo digo yo: los segundos que tarda en hacerse una foto con el móvil en el funeral y subirla a internet con un par de hastags. Seguro que no han pasado ni dos horas y ya estáis saliendo a cenar…
Al menos su caso lo han sacado en las noticias (el pobre muchacho que se quitó la vida en Navidad y el incendio de mayo, como no se movilizaron helicópteros de otros municipios no hizo falta dar explicaciones). Eso sí, la historia real no tiene nada que ver con las pocas líneas con las que han tribializado el problema psicosocial que existe en el bucólico entorno rural. Pero no hay que dejar que una muerte ensombrezca el fin de semana de Santa Águeda, los turistas son más importantes que los habitantes de esta tierra cruel e inmunda que maltrata y escupe a sus hijos para acoger la calderilla de un montón de catetos que vienen única y exclusivamente a cogerse un pedo sin pompa ni boato. ¿Al bolsillo de quién le merece la pena ignorar a los habitantes de los pueblos a cambio de miseria?
¿Sabéis qué? Que por mucho que no queráis escucharlo, un árbol que se cae siempre hace ruido, siempre duele, siempre causa una conmoción, siempre es un signo de algo que está pasando que no va bien… si no prestáis atención, si no queréis escuchar, os quedaréis sin bosque, aunque ya lo estáis perdiendo y es evidente que os da igual.