Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

Llegó el momento: la reconquista

Los tiempos cambian. Había llegado el momento de brillar con todo mi potencial. Además, necesitaba la pasta. Los inviernos son difíciles y las instituciones, para variar, no es que ayuden. Así que algo había que hacer. La red siempre estuvo activa, sólo tuve que notificar que seguía viva y que estaba preparada para volver a volar. El tiempo prudencial tocaba a su fin.

Yo seguía estando limpia y me había librado, al fin, del dichoso acoso evidenciando que no era nada más que eso: ACOSO. Hice lo que aprendí en todas las pelis ochenteras de kung fu: usar la fuerza de mi enemigo en su contra. Por suerte, como ya ha quedado demostrado, no eran inteligentes y tampoco buenas personas. ¿Cómo si no se lo habrían currado tanto para ponérmelo tan fácil?

«¿Cómo te los quitaste de encima?»

«¿Has jugado al gato y al ratón?»

El resumen del volumen anterior siempre es más interesante que el primer tomo de esta saga. Así que, por recapitular, empecemos por ahí…

Cuando los coches patrulla te salen al paso y se te pegan al culo durante kilómetros para leerte la matrícula y tomarte los datos: se nota. Cuando aparecen en todas partes, así como de casualidad, los ves. No son inteligentes, ni discretos. Y puede que lleve gafas, pero no soy estúpida, una persona que conoce bien las carreteras sabe bien dónde hay que mirar y qué está buscando mucho antes de que las imágenes se abran en su campo visual. Era más que evidente que me acechaban al asalto.

Cuando el gato persigue al ratón, el ratón tiene que ser muy listo para que no lo cacen, muy rápido, pero también tiene que mantener al gato bien lejos de los demás ratones para que puedan robar el queso mientras los gatitos están ocupados correteando por ahí. Me pusieron la diana en el pecho y alumbré con sus propios focos todos los lugares en los que debían mirar. Reconozco que me hicieron el favor y doy gracias por ello.

Después tenía que asumir que vendrían a por mí. Cabrear a la gente trae consecuencias graves. Para ello, había dejado las miguitas de pan trazando el camino en todas mis redes (no os lo toméis a mal, soy comunicadora, tenía que condicionar vuestra interpretación de la historia para jugar mi mano en la partida). Incluso hice el comentario clave en los lugares adecuados: «la furgo es mi casa«. Aquello sólo se lo había explicado a dos personas, las dos últimas personas que quedaban en mi purga personal. Una de ellas se delató más adelante haciendo tratos con el enemigo y pagará por sus pecados. El otro, pobre diablo, se lo fue a contar a quien yo sabía. Sabe más la zorra por vieja que por zorra.

Y como estaba previsto, cayeron en la trampa. No sabía cuándo ni cómo, pero sabía que tarde o temprano tenían que caer, era cuestión de tiempo. Y como pasaban los días y no se decidían, me volví menos discreta, más atrevida y mucho más evidente. Prácticamente les reté dejándome ver en según qué ubicaciones sin ningún tipo de pudor. ¿Fueron necesarias tantas patrullas en un control rutinario? No era un control rutinario. Pero sí sé quién os dio el soplo, porque de las dos personas a las que les había soltado la perla de la furgo-camper, sólo con una me tiré el rollo para picarle lo suficiente y sé a quién se lo contó, que a su vez se lo exageró al sargento de turno, que estaba deseando cobrar venganza por toda la secuencia de sucesos acontecidos desde que me prendieron fuego a mis vehículos hasta que su coleguita acabó cumpliendo condena debajo de mi balcón. Aprende la lección: si yo no quiero, no me encuentras.

Aquello fue un desastre, estaba claro, y lamento mucho la vergüenza que tuvo que pasar el Sargento cuando me abrieron la carga y se encontraron con mi casa. Aguanté el tipo todo lo que pude por educación, pero es que sus caras eran un poema. Y sí, se desquitaron con un informe ridículo y una multa estúpida que sólo me ponían por tres motivos: resentimiento, saber si estoy o no estoy en mi casa y averiguar si tengo dinero. ¿Sirvió? ¿O generó más resquemorcillo? Jugaron mal sus cartas desde el principio. Tengo mucha calle y llevan dos años y pico mareándome y tratando de putearme, ya estoy muy escarmentada. La multa no la recogí yo, me la hicieron llegar. Tampoco la pagué. Decidí recurrirla.

Sé que pareció una locura. Ya… pero había que llamar la atención sobre el acoso y podía dar un toque de atención interno si me lo montaba bien. En realidad, no sé hasta qué punto esa idea surtió efecto, como los guardias se cubren entre ellos para proteger la imagen de la institución (cosa que entiendo perfectamente), si alguien se llevó un tirón de orejas no creo que tengan el valor de narrármelo. Pero sí pude ganar el tiempo que necesitaba.

Mi idea era retrasar la orden de pago el tiempo suficiente para cobrar la nómina, sacarla del banco y volver a ser insolvente. ¿Pagar la multa? Sí, claro, algún día… con el dinero del estado (y de los impuestos de las nóminas de los maderos, no pienso pagarla de mi bolsillo porque los señores tengan el capricho). Pero movilizar tres patrullas para organizar un asalto y no ser capaces de entrar hasta el fondo… debieron fliparlo. Es cierto que no llevaba nada pero, si me hubiera dado por llevar un alijo de 10kg escondido, aquella tarde me habrían dejado pasar. Qué gracia que dos días después me parase otra patrulla y tampoco se atreviese a registrar más allá de lo que me registraron los otros seis. Al menos alguien confirmaría mi versión de forma interna, ¿no? Así es la vida, unas veces se gana, otras se pierde, otras te queman el coche y otras dejas escapar a un maltratador de mujeres y haces el ridículo delante de todos tus superiores por seguir cuentos de borrachos en vez del testimonio de los testigos.

Del presunto ajuste de cuentas nunca supimos nada más. Pero debió de quedar súper patente que no podían hacerlo realidad. Nunca aparecieron gitanos ni mercheros preguntando por mi nombre ni recibí amenazas de absolutamente nadie que no perteneciera a mi pueblo, ¿verdad? Con el supuesto crimen organizado pasó lo mismo: nadie vino a tomar represalias, no hubo venganza. ¿Dónde están mi mafia y mi red de narcotráfico? ¿Dónde están mis armas? ¿Dónde están las drogas? ¿Dónde está el dinero? ¿Dónde está la primera denuncia en la que hay un sospechoso principal y un testigo que afirma verlo en el sitio de los hechos a la hora en que empezó el incendio?

Es curioso, las únicas personas que se esforzaron mucho, muchísimo para desprestigiarme, difamarme y convencerme de que tenía que tener miedo y marcharme del pueblo fueron el Cabo, el Sargento, el Alcalde y sus esbirros con las amenazas y los mensajitos. El otro bobo del culo intentó aprovechar la situación para hacerse el héroe de la forma más ridícula y evidente (hay que ser idiota, de verdad). En fin. Qué casualidad, ¿no? Que sean todos tan amiguitos, que sugiriesen que alguien lo podría haber hecho por dinero y que tenga guardadas capturas de pantalla en las que el presunto sospechoso de todas mis denuncias pide una cantidad de dinero a cierto político de mierda a cambio de un arreglo que no se hizo (he visto la máquina funcionar debajo de mi casa y está igual que cuando yo curré para el Ayto, ¿alguien se acuerda de eso?). Qué curioso, que la primera vez que el Cabo vino a darme voces a mi casa para que me retractara lo hiciera en nombre de la Mancomunidad. Qué feliz coincidencia que sean todos tan amigos y que, casualmente, sean los únicos que me tienen rencorcito. Tienen todos el mismo tufillo a corruptos de poca monta, lástima que el otro triste sea un alcohólico tan manipulable y tan poco inteligente. ¿Qué pasó? ¿Se acojonarían cuando puse la segunda denuncia y les daría pánico que el muy cobarde cantara en un juzgado? Apuesto a que les habría delatado sin contemplaciones con tal de salvar el culo, las ratas a veces cantan como ruiseñores si las aprietan en serio.

Pasó el tiempo y otra secuencia de denuncias (qué suerte tuve esta vez) sumaron peso a mi versión de la historia. Al pelo. La conducta del otro ser reprobable me dio también bastante material para seguir reportando evidencias de ello. Al final, como dicen las canciones, el tiempo acabó dándome la razón. Metieron la pata y rompieron la olla, y esa fue mi vía de escape y mi oportunidad para cambiar muchas cosas en mi vida. Hay que reconocer que el reajuste me ha venido bien.

Pathfinder me enseñó muchos caminos en los dos últimos años. No sólo eso, también me dio las pautas para aprender a reconocerlos, para ojear y avistar las pistas.

«Eres inteligente», me decía, «haz caso a tu instinto»

Además, cubrió mis entradas y salidas y despejó mis rutas de despegue. Con él a mi lado, volvía a volar cruzando el mundo como un suspiro mezclado entre la brisa que mece las hojas del otoño. Me apoyó y me cuidó día tras día hasta que fui recuperando todas mis facultades y, cuando el alma ya no me cabía en el pecho, me facilitó mil puntos de fuga que me permitieron respirar. Cuidó de mi crisálida para que yo me reconstruyera. A cambio, sólo tenía que abrir determinadas puertas, y eso fue lo que hice.

Y hasta ahí puedo resumir, todo lo demás habrá que leerlo cuando acabe de montarlo, ordenarlo y decida publicarlo por fin.

No ha sido un camino fácil, la verdad, hemos trabajado muchísimo para llegar a donde estamos ahora. Pero aún faltan cosas por hacer. Seguimos construyendo la nueva realidad. Por alguna extraña razón, hacía tiempo que sentía que estaba preparada para volver a la batalla, quizá no del todo, quizá aún me queda camino de entrenamiento y práctica pero, en el fondo, estoy convencida de que lo que me falta por entrenar puedo hacerlo en vivo, en la palestra, ya no soporto un minuto más de rin.

Así que sí. Con un emoji bastó para que mis amigxs entendieran que volvía a estar operativa y como a buen entendedor pocas palabras bastan, no nos hizo falta mayor explicación de la que se puede leer en el último post.

Aquella mañana, me desperté como todos los días e hice todas las rutinas que tenía que hacer. El Abridor de Caminos sabía que iba a salir, conocía la partida y la llegada y habíamos acordado que me pondría en contacto con él cuando estuviera de regreso, ni antes ni después. No llevaría el móvil encima, se quedaría siempre en el apartamento. Sólo tenía que llamarme si pasaban 24 horas de la vuelta sin dar señales de vida. Hice el desayuno, charlamos mientras lo devorábamos con entusiasmo, me contó cosas del trabajo… él se marchó primero.

Recibí el último mensaje poco después. Así que envié la ubicación para la recogida, terminé de hacer la maleta, de vestirme y me fui a la ciudad a hacer un par de recados para hacer tiempo. Dejé hechos varios papeles que tenía que traer de vuelta y alguna gestión importante, creo que paré en correos a enviar algún documento que pedían los Servicios Sociales (otro trámite más para denegarme otra ayuda, imagino). Todo muy cotidiano y aburrido.

Diez minutos antes de la hora prevista, ya había dejado escondido el coche en un callejón discreto y me había apostado en mi punto de encuentro. Nadie sospecha de una chica con una maleta en la puerta de un hotel. Abrí el libro de Foucault y apenas había empezado a leer apareció su coche estacionando en la misma puerta. Ambos miramos el reloj: clavado. Sonreímos, supongo que a pesar de todo no hemos perdido nuestro punto profesional. La sincronicidad de los años.

Él se bajó del coche y abrió el maletero. Me saludó con un beso, así que hacía de compañera esta vez. Me ayudó a meter la maleta, le miré remolona para que dos taxistas aburridos se sonrojaran con las carantoñas de una pareja cariñosa y no se fijaran en nada más (así es como se cubren los tatuajes de las manos). Subimos al coche, arrancó el motor y siguió mis indicaciones sin cuestionarme hasta la autovía. A partir de ahí, mandaba él. Los detalles me los daría por el camino… o tal vez cuando llegásemos al apartamento. Pero sí que me contó el chiste del jacuzzi y nos echamos unas buenas risas.

No sabría explicar cómo, trataré de hacerlo poco a poco, pero este viaje me ha cambiado por dentro. Ha sido la pieza que me faltaba para terminar de romper la crisálida y abrirme de nuevo al mundo. Después de esos días tan especiales, volví a casa con algo de efectivo para sobrevivir al invierno y una idea muy clara: tenía que ubicarme en un punto exacto en el que todos esos hijos de puta no tuvieran más remedio que mirarme a la cara sabiendo que se habían equivocado de perroflauta. Había llegado el momento de recuperar mi territorio y ya sabía cómo hacerlo. Estaba preparada.

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Esta entrada fue publicada en diciembre 7, 2025 por en Reina de las Sombras, Reina del bosque, Uncategorized, Vida Rural y etiquetada con , , , , , .

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