Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Estaba cantado que tarde o temprano iba a pasar… era obvio. Después de llevarse el gran chasco de no encontrar nada y la humillación que debieron llevarse cuando puse la segunda denuncia, metí a servicios sociales de por medio, pasó lo de la gasolinera, el fracaso de los perros… era lógico y normal que acabaran cogiéndome un poquito de manía.
Nunca pudieron demostrar nada (no había nada que demostrar, salvo el hecho de que soy una gran escritora) y ocultar la cagada tuvo que ser muy duro por parte de las autoridades. Me encantó el juego, de verdad. Pero ya sabemos que los egos heridos nunca aceptan el fracaso como opción.
Pasaron cosas, muchas. Por ejemplo, cierto amigo de cierto Sargento acabó cumpliendo condena (servicios a la comunidad) debajo de mi balcón. Lo consideré justicia poética (y una oportunidad). En cierto modo, ese error confirmaba la versión que yo conté sobre la corrupción en Béjar. Comprendo lo que debió de suponer eso para ciertas personas y deduzco que la ocasión era propicia para espiar, ya de puestos, muy oportuno todo, ¿no? (Nota: EVIDENTE y OBVIO, ¿pero dónde os forman? ¡Se aprende mucho más en Netflix!).
Así que estuvieron observándome. Una semana, otra, otra más. Yendo y viniendo de Salamanca sistemáticamente con la furgoneta camperizada en la que en su día declaré que vivo (y lo hago), esa que según el protocolo enviado a todas las autoridades nacionales no se puede registrar sin una orden, la cual se solicita tras encontrar evidencias y tras la debida retención del vehículo, o en caso de delitro flagrante.
¿Qué pensaría el Sargento rencoroso? La idea de cargarme a mí el mochuelo de lo que hacen sus amiguitos en la Sierra no es la mejor. Todo el mundo sabe quién, cómo y dónde se vende, se consume y presumen de esas cosas. Si sales a la calle lo ves impunemente en las manos de todo el mundo. Nota oficial: ya nadie se esconde. Tenéis un grave problema con eso. Pero no es culpa mía. Yo no tuve nada que ver, sólo escribí sobre el tema para hacerlo notar.
Imaginaos el drama… resulta que nos fuimos a hacer la compra a Salamanca al Mercadona. Nos vieron pasar en el cuartel de Tamames, obviamente, y supongo que a alguien se le ocurriría la brillante idea de que era el momento.
Casi me muero de la risa. Resulta que a la vuelta nos estaban esperando expresamente, no una ni dos, sino TRES patrullas enteras y verdaderas para mí solita. ¿Adivináis quién estaba al mando? El Sargento amiguito de los trapicheros de la Sierra (esos que intentaron cargarme el muerto sin éxito). Supongo que dio la orden, aunque en realidad no tengo ni idea de cuál sería el cuento que le explicaría al resto, pero me lo puedo imaginar.
Nos dieron el alto y paré sin vacilar. Automáticamente, nos rodearon todas las puertas y empezaron todos a darnos voces de todos los tipos. Parecía un comando antiterrorista, sólo les faltaba apuntarnos con las pipas. Recuerdo que estábamos súper quietos, con las manos levantadas. Bajé mi ventanilla muy despacio y empezaron a gritar todos a la vez cosas que no tenían ningún sentido: «arriba las manos», «no te muevas», «dame el DNI», «el DNI de tu compañero», «baja del coche», «no bajes del coche»… mi yo interior se desternillaba.
«A ver», no pude evitarlo, intenté ser todo lo seria que pude, «te doy mi DNI, pero primero tengo que sacarlo del bolso y para eso tengo que bajar las manos, ¿de acuerdo?»
Al tiempo, instaban a salir del coche a mi compañero, le pedían su documentación, me la pedían a mí, no se aclaraban mucho. Uno de los guardias abrió la puerta de copiloto y le dije a mi broth que bajara y que les diera el DNI. Estábamos muy tranquilos y calmados.
«No puedes llevar todos esos objetos ahí», empezó el tío que me había pedido la documentación en un tono súper borde. Intentaban provocarnos, «tienes que quitar las pegatinas, eso no puedes llevarlo ahí…».
Haré un inciso aquí. La Guardia Civil tiene por norma general procurar ser civilizados y no pueden emplear la fuerza ni acusarte ni maltratarte si no les das ningún motivo. Supongo que lo último que se esperaban era que colaborásemos en absolutamente todo. Y esto es una percepción que tuve yo en el momento, porque eran seis contra una (o dos), lo que me lleva a pensar que el más mínimo error que pudiéramos cometer contestando o alterándonos podría haber sido interpretado por el Sargento (que supongo que fue el artífice del teatrillo, muy básico, por cierto, y muy predecible, suspenso en interpretación) como un intento de resistencia o como un atisbo de violencia y ahí sí que habrían tenido excusas para maltratarnos y apoyarse unos a otros en su versión corrupta de seis contra una (o dos).
Así que no, decidimos no participar de su pésima actuación, dado que no teníamos nada que esconder, y tomarlo con calma y buen humor.
«Vamos a registrar la carga de la furgoneta», dijo uno de muy malas maneras.
«Eso es mi casa», dije tranquilamente.
«Si usted no la tiene homologada puedo hacer lo que me dé la gana», a voces y cito textualmente. ¿Habían comprobado si estaba homologada? Nop. Se les había olvidado. De hecho, se dieron cuenta al instante y me pidieron los papeles después. Ellos mismos los sacaron de la guantera y no, mi furgo no está homologada, las cosas como son.
Habían registrado del todo a mi colega y habían echado un ojo sólo por encima al salpicadero. Era evidente que en la cabina no iban a encontrar pruebas de delito flagrante de ningún tipo. Sólo intentaban ponerme nerviosa. Desde luego, estaba claro que iban a por la carga de la furgoneta, ¿qué esperaban encontrar allí? ¿Pallets de cocaína? ¿Bidones llenos de hachís o marihuana? Habría estado bien.
«Vale», contesté con calma. Pero no podía evitar que la comedia se apoderase de mí.
No sé cuántos tirones le dieron a la puerta lateral de la furgoneta hasta que se dieron cuenta de que no se podía abrir, casi la arrancan los colegas. Le pidieron a mi compa que abriera y fue a intentarlo, pero tiene truco (no voy a contarlo aquí) y al ir a abrirles le empujaron de mala ostia y me gritaron a mí que hiciera el favor de abrir y colaborar. A todo eso, yo seguía sentada en el asiento de conductor con las manos levantadas y un guardia vigilándome.
«Si yo te abro, pero tengo que bajarme del vehículo… no puedo abrir desde aquí».
«Haga el favor de bajarse y abrir la puerta, señora»
A estas alturas pensé que me daba un ataque abismal, me salían las carcajadas a la boca del estómago y tenía que aguantar la respiración para no explotar. Bajé muy despacio, rodeé la furgoneta muy tranquilamente, observé cómo arrastraban a mi compañero hacia atrás para evitar el contacto entre ambos y entonces vi al Sargento y supe quién había sido el ingeniero del desmadre… Estaba rojo de ira, parecía un GI-Joe. ¿De verdad creía que puede llegar a intimidarme a estas alturas de la vida? Madre mía, ¡cómo está el patio! Le guiñé un ojo al chaval, me acerqué despacio a la puerta y solté el cerrojo.
Automáticamente, me agarraron de los hombros y tiraron de mí hacia atrás. Y ahí estábamos, mi compa y yo flanqueados por dos maderos cada uno, el Sargento poniéndose de todos los colores y el oficial que estaba operando el registro alucinando al encontrarse de frente con mi cama, mis cajones, mi ropa, las bolsas de compra del Mercadona, se estaba dando cuenta de que estaban operando un registro ilegal injustificado, promovidos (creo yo) por las injurias del Sargento para nada… dioses, cuando empezaron a abrir botes de champú y a meter la nariz olfateando el contenido no podía más.
«¿Y esto se lo hacéis a todo el mundo o me lo hacéis a mí porque soy especial?», me nació del alma. ¡Qué caras! Tuve que pedir una silla.
«¿Te parece correcto sentarte?», me dijo el tipo que operaba la intrusión en mi vivienda.
«Me parece que tenéis tres cajones por cada módulo, que son cinco módulos y que llevo un día muy largo. Si vais a registrarlo todo, hay un par de sillas y una mesa, tenéis que sacar cada cajón uno a uno y os pediría, por favor, que los registraseis de uno en uno para poder volver a poner las cosas en su sitio», el tipo me sacó el taburete que usa mi abuela de escalón y me senté tan pancha, muerta ya de la risa, hasta a mi compa le brillaban los ojos.
«¿Tienes algo que debamos saber?», preguntó.
El hombre dudaba. No se atrevió a sacar los cajones ni a mirar detrás de las cortinas, sólo husmeó las cosas que tenía a mano y que podía ver desde la entrada. Y de vez en cuando, miraba al Sargento, que se iba poniendo cada vez más tenso, con cara de circunstancias.
«Herramientas de trabajo, enseres típicos de cocina y baño, libros… cosas de casa normales y corrientes».
A estas alturas el Sargento sudaba tinta.
«Si sabéis de sobra que vivo en la furgoneta», dije de repente, «por lo menos el Sargento lo sabe, ¿a qué sí?»
A alguno se le iluminó la mente y empezaron con las preguntas tontas.
«¿Dónde vives?»
«En la furgoneta, le he cogido un poco de asco al pueblo y me dedico a nomadear por ahí, pregúntale al Sargento por qué… aunque veo que ya os ha contado su versión»
«No nos ha contado nada», dijo uno bastante iracundo.
«¿No? ¿Por eso me paráis como si fuera una terrorista? ¿Seguro que no os ha contado nada?»
«No te conozco de nada», dijo el mismo de antes.
«¿Cuál es tu domicilio?», preguntó otro para cambiar de tema.
«No, es verdad, no me conocéis, pero este ya os ha dicho quién soy», dije seńalando con un dedo al Sargento que parecía que iba a estallar, «Mi domicilio lo tienes en el DNI», miré al otro con aire burlón.
«Hay gente que cambia de domicilio y no figura en el DNI, ¿dónde vives?», repitió.
«En la furgoneta», insistí. Se enfurecieron.
«¿Dónde te encuentro?», exigió. Me dio la risa.
«Tú no me encuentras», contesté.
«¿Y si tengo que mandarte una notificación?», cambió de estrategia, pero ya era tarde… no colaba.
«Mándala al domicilio del DNI y ya la recogeré cuando pase por ahí».
Se rindieron. Entonces se volvieron a mi compañero y pretendieron repetir el proceso, quizá si le presionaban el sueño imaginario del señor Sargento se haría realidad. Pero nop, lo de manifestar, mi querido Sargento, no funciona así. Hay cosas que por mucho que las desees no se cumplen si no eres una buena persona y quien se mete con una bruja recibe el mismo trato multiplicado por tres.
«Tienes toda la información en mi DNI».
Mi broth había empleado todo el tiempo que estuvo en silencio en ver, oír, callar y aprender a contestar. Después de putearme a mí, ya se había aprendido las respuestas oportunas, así que el intento de sacarle nada fue un fracaso.
De repente quisieron abrir la puerta de atrás, porque las cortinas separan el dormitorio del baño y no querían entrar a ver el WC. Cantaba a maniobra desesperada, supongo, ¿necesitaban abrir la cerradura para mirar detrás de la cortina? Lástima que esté rota (y juro por todo lo jurable que lo está y si no me creen que pregunten en el taller que los tengo aburridos de pedir que me la arreglen y no la encuentran, que yo también necesito que abra). Pero para entonces ya estaba aburrida del juego y les contesté con la mala leche correspondiente que se habían buscado.
«Ni de coña. Si quieres entrar al fondo, entras y miras, pero no me vas a abrir la puta cerradura rota para que tenga que irme con las puertas batiendo al taller y que me digas que no puedo conducir con las puertas abiertas porque te salga de los huevos meter las narices en casa de una. Mira todo lo que quieras, saca todo lo que quieras y registra todo lo que quieras. Pero no me jodas con la cerradura de atrás, que ya es lo que me faltaba».
Todo el mundo se sobresaltó con la regñina que les pegué estilo señora mayor. Pero así es como se hace: no te pongas de los nervios al principio, échales la bronca cuando se la merezcan. El oficial reculó y determinó que si la cerradura estaba rota no era necesario tocarme más las narices y arriesgarse a joderme la vida sólo por una fantasmada. Finalmente, nos dejaron ir muy a su pesar sin poder hacer nada contra nosotros. Me pregunto qué tal iría la conversación posterior entre el guardia que ejecutó el registro y el Sargento que lo ordenó.
Dos días después, me estaban esperando casi a la entrada de mi pueblo dos agentes de Béjar, uno de ellos me conoce bien. Me hicieron un registro de seguridad ciudadana (supongo que para confirmar las versiones del anterior). Les dejé entrar sin problemas en mi casa, les di detalles de cómo me lo monto para vivir en la furgo y les expliqué por qué voy todas las semanas a Salamanca de manera justificada.
También informé del abuso y el maltrato al que fuimos sometidos en el control anterior… y sí, subí unos cuantos posts a las redes, mandé un par de mensajes y, sobre todo, lo conté. Cada vez que escucho las grabaciones de ese día me alucino. Tal vez no pueda denunciarlo, pero sí que me están dando un juego increíble para rematar mi tesis del libro.
Sólo me falta un gran final y creo que está muy cerca.
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