Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

Piernas, ¿para qué os quiero?

Escribo este post desde León. Definitivamente, creo que estoy perdiendo la cabeza. O eso, o el azar y el destino son dos zorras mucho más frías que yo y se lo pasan de lujo jugando con mis cartas.

Estoy aquí porque una punzada de nostalgia y anhelo me impide abandonar el pisito de León. Ya sé que es un gasto y que me cuesta mucho trabajo mantenerlo, pero algo dentro de mí me insta a pensar que no debo perderlo, no debo abandonarlo. Es casi como un refugio para mí.

Así que en aras de la sensatez, para costear los gastos, se me ocurrió alquilar los dormitorios que me sobran. ¿Por qué no? Así ahorro un poco y libero a mi bolsillo de la presión.

Qué casualidad. Unas semanas después de poner el anuncio me escribe Efraín para decirme que tengo unas piernas preciosas y que qué tal estoy. Quise matarlo y, tal vez, debería haberlo hecho. Después de mucho hablar, quedamos como amigos y nos despedimos con la promesa de una cerveza. Dijo que tenía que darme mi postal de Japón.

Vine a conocer a mi nuevo compi de piso. Fui al bar, le deje a Efraín un mensaje diciéndole que andaba por allí y maldita cerveza y maldita postal. Terminamos dándolo todo en su cama con una borrachera industrial inducida por la idea de que podría dormirla en su sofá… ¿Su sofá? ¡Qué inocente!

Me pidió un millón de disculpas por todo de camino a casa y cuando su boca atrapó la mía en el lapso de tiempo que tarda en abrirse el ascensor, el mal ya estaba hecho. Así que salí de su casa follada y sin la postal. Como en los viejos tiempos.

Y ahora, ¿qué? Ahora nada. Últimamente, estoy desarrollando una peligrosa tendencia a no pensar las cosas antes de hacerlas. Es como si una parte de mí se hubiera liberado y deseara a toda costa comerse el universo y volver a intentarlo hasta dar con la fórmula que confirme la existencia de todas las teorías e hipótesis que desarrollé de adolescente.

Efraín dijo que le daba miedo que estuviera enamorándome de él. Y durante mucho tiempo yo también pensé que podría ser así. Pero si lo pienso en frío me doy cuenta de que no es sólo amor por él, sino por cada uno de mis amantes. No puedo evitar envolverme en el extraño magnetismo que desprenden hacia mí determinadas personas con esos cuerpos, esas formas de mirar, de tocar… de hablar. Especialmente los que ya conozco. Es extraño, porque digan lo que digan, sus palabras desaparecen en el viento y mis pensamientos recorren cada centímetro de su piel y aspiran el aroma de sus poros pensando en las caricias y movimientos que ya conozco, en sus cuerpos calientes y sudorosos enredados con el mío. Y no puedo ni quiero evitarlo.

Me siento como una gata en celo, como un súcubo. Si no fuera humana, me castrarían…

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Esta entrada fue publicada el septiembre 8, 2014 por en Love Stories, Picante, Social.

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