Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Este verano ha ocurrido un fenómeno extraño del que todavía no había hablado en el blog. La envidia. Muchas personas, viejos amigos de ciudad, gente con la que tengo afinidad, coleguillas con pasión por la naturaleza, personas quemadas de su realidad, amigas aburridas y alguna que otra personilla de por aquí me han comentado que envidian todo lo que he conseguido y que les gustaría vivir como yo.
Incluso algunas personas me han comentado que están planteándose un cambio y mudarse a un entorno rural para hacer lo mismo.
Evidentemente, me siento halagada, es bonito que te digan cosas así.
Sin embargo, esta vida no es un jardín de rosas, no es fácil crear un mundo de la nada, no es fácil construir un sistema estable de vida sin dinero y tampoco es fácil no tener nada con qué distraerte cuando las cosas no salen como las esperas.
El silencio es un privilegio, la falta de ruido y de contaminación acústica es todo un lujo. Pero la otra cara de la moneda es la soledad. Una soledad inmensa que se come hasta la más pequeña de las luces del día en invierno y que frustra en muchas ocasiones las ganas de hacer cosas para las que, irremediablemente, necesitas otro par de manos.
Y la tensión. A veces es como vivir con una gotera que no puede arreglarse, a veces suena al fondo como una tortura china. Cuántas cosas quedarán por arreglar en mi día a día como para plantearme, si quiera, gastar nada en ningún capricho.
Trabajas todo el verano y acabas igual que al comienzo, sólo que ahora tienes algunas cosas más arregladas. Eso te facilita la vida o te quita algún gasto pero, en el fondo, sabes que sigues viviendo tu día a día sin haber ganado nada para ocio.
Todo lo que haces, todo tu esfuerzo, tu dinero y tu tiempo se lo come tu propio ecosistema. Y sabes que si quitas algo, alguna sola pieza por pequeña que sea, de la vorágine, el ciclo se rompe y todo se va a la mierda y tienes que volver a empezar.
Es como una rueda que gira. Cada inversión hace que la rueda se transforme en una espiral y que el ciclo sea un poco más largo o un poco más diferente, pero a veces no puedes ampliar el radio y te quedas sumida en una rueda de giros y giros y giros siempre en la misma dirección y siempre con el mismo fin: sobrevivir hasta que puedas producir un nuevo cambio, una nueva mejora, una nueva inversión.
Y todo lo que se sacrifica… todas las cosas que no puedes tener simplemente porque tomaste la decisión de vivir como vives y de hacer lo que haces.
Creo que lo más extraño, lo más complejo de asimilar para mí, es el contemplar al resto de mis semejantes y darme cuenta de que ya no somos la misma especie. Es como estar perdida en tierra de nadie entre la niñez, la adolescencia y la madurez sin formar parte de ninguna de ellas.
Ver el mundo de una forma diferente y darte cuenta de que nadie más lo verá jamás como lo ves tú porque has construido tu propia realidad al margen de las sociedades que conoces.
A veces me siento como una auténtica extraterrestre.