Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Anoche se me antojó salir a disfrutar de la luz de la luna. Como por aquí no se hacen hogueras de San Juan (al menos no de carácter público), se nos fue la pinza y decidimos dar el todo por el todo en Ciudad Rodrigo. ¿Por qué no? Cambiar de aires es bueno y visitar la ciudad, aunque no sea exactamente una ciudad sí que es un entorno menos rústico, puede ser interesante.
Vale… salir con cuarentone… ehh… cof cof ejem, cuarentazos, tiene ventajas y desventajas. Lo bueno es que el mundo se amplía mucho y las fronteras se difuminan. Están en otro nivel profesional y tienen el mundo más mascado. Así que aproveché el filón y mi amigo cuarentazo (el guía del Desfiladero) me llevó por sus locales habituales y me anduvo presentando a sus amig@s.
Todo iba genial. Todos sus amigos, de su edad o mayores, me veían como una simpática veinteañera (gracias!) adorable y me trataron guay. Bailamos, cantamos, bebimos… sobre todo bebimos… y allí estaba el puma. Os dejo la definición de Barney Sinson.
Y sí, una auténtica puma salvaje. Horrible. Qué experiencia más criminal. Resulta que la tía iba a tope por el bar dándolo todo y tocando y acariciando todos los palos. Incluyendo a mi compañero. Lo gracioso es que se pensaba que iba a provocarme o algo… claro que mi compañero y yo no tenemos relación más allá de la amistad morbosa y la pasión por el senderismo y los bichos muertos.
En un momento determinado, me las vi solita en el bar. Creo que salieron todos a fumar. Cuando me doy cuenta, me tiran de las manos y me veo apretada contra el cuerpazo de un yogurín majísimo que se había propuesto enseñarme a bailar. Fue absolutamente inocente, ¡lo juro! Pero nos divertimos un montón. Luego pedimos una cerveza y el chaval me estuvo contando dónde había aprendido a bailar y ese tipo de cosas, tenía un acento gallego muy singular y me divertía la conversación.
Hasta que apareció el Puma. La señorona se debió de pensar que iba a quitarle la comida y casi me saca los ojos por acercarme a charlar con su presa. Madre mía. Qué situación. Encima la muy malvada quiso echarme encima a mi compañero y tuve que salir poco menos que huyendo de la barra del bar para que no me comiera. Qué fiera. Qué inseguridad. Qué agresividad. Qué miedo.
Y la pregunta que yo me hago ahora que pienso en estas cosas es la siguiente: ¿cómo se llega a los 50 de esa manera? Vale que estás buena y soltera y que eres una mujer empoderada de tu sexualidad y disfrutas de lo que la naturaleza te pone delante. Pero… ¿y lo de atacar a la compañera de un amigo así, de buenas a primeras por charlar con tu víctima? Tía, no iba a comérmelo, no tengo la autoestima tan baja en estos momentos y respeto el territorio de caza de las demás. ¡No era tu competencia! Además, si a mí no me hace falta… qué locurón.
Es curioso, últimamente parece que hay muchas hembras maduras que me ven como una posible amenaza. Acordaros de May. Al final voy a tener que creerme lo de mi atractivo y hacer algo al respecto.
Este blog es pura ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia y sólo demuestra que tienes un problema severo de autoestima y protagonismo. No seas ególatra!! Se trata de mí, no de ti, por una vez en mi vida. Además es como la peli del Makinavaja: va a ofender a todas las insituciones posibles habidas y por haber... así que si te ofende, es que hice bien mi trabajo o te autoidentificaste como parte del problema social.
Anónima Geek by Bárbara H Ballesteros is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
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