Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

El gato que me follé… o no

La paradoja de Shrödinger es una de las más famosas de la física cuántica. De hecho, la hicieron súper famosa en la serie TBBT Sheldon Cooper y sus amigos.

Esta paradoja viene a explicar la existencia y el comportamiento de las partículas subatómicas. Os lo voy a resumir muy breve y de forma que se entienda y luego os cuento a caso de qué viene el tema.

Advertencia: ruego a los científicos no me asesinéis… el objetivo es utilizar esta explicación para ilustrar un suceso social, no una clase de ciencias, así que me tomaré alguna licencia creativa.

Para resumir. Nos enseñaron que el mundo se compone de partículas y de ondas. Las partículas son los componentes básicos de los objetos sólidos, tangibles podríamos decir. Las ondas eran aquellos que no son sólidos: como la luz o el sonido. Los científicos descubrieron más adelante las partículas subatómicas que forman parte de lo que se llama paquetes de ondas que son, por decirlo de una forma mundana y simple para gente de la calle, concentraciones de energía que pueden ser las dos cosas.

La cuestión es que estos paquetes de ondas podían cumplir la función de onda o de partícula dependiendo de cómo se decidiera medir. Es decir, estas ondas-partículas podían ser medidas por el lugar que ocupan, convirtiéndose en partículas, o por la velocidad con la que se mueven, pasando a ser ondas. Lo que no pueden ser es las dos cosas a la vez. Y sin embargo, lo son, son las dos cosas al mismo tiempo, pero para trabajar con ellas primero tienes que decidir qué van a ser: ondas o partículas, no puedes trabajarlas como ondas y como partículas simultáneamente, o lo uno o lo otro.

Aquí viene la parajoda del Gato de Shroedinger. Para explicar el asunto, este señor tan curioso, tomó la determinación de meter un gato en una caja cerrada (estoy casi segura de que es un experimento teórico y de que ningún gato resultó herido en el transcurso del desarrollo de esta paradoja) con una palanca y un recipiente con la tapa suelta de comida para gato.

Y había que decidir. Si la onda-partícula se convertía en partícula, esta levantaría la tapa del recipiente de comida y el gato comería. Si la onda-partícula se convertía en onda, la tapa permanecería en el recipiente. Para abrir la caja, primero había que hacer la observación de qué sería, si onda o si partícula. Entonces tendríamos un recipiente vacío y un gato feliz o un recipiente lleno y un gato hambriento.

La cuestión es que todo depende de la observación que hagamos primero. Y esta es la parte que me gusta de esta paradoja: antes de que decidamos qué hay dentro de la caja, es decir, antes de que hagamos una observación, el recipiente de comida está vacío y lleno al mismo tiempo, y el gato está feliz y hambriento.

Con esta paradoja vengo a ilustrar que en muchos casos es la observación que nosotros mismos hacemos de las cosas lo que hace posible la realidad. Cuando decidimos que algo tiene que ser de una manera determinada, automáticamente, todo nos lleva al resultado que ya hemos elegido. Da igual lo que haya dentro de la caja, acabaremos encontrando lo que hemos decidido que habrá, sin más opción.

Todo este rollo viene a la última anécdota que tengo para contar… una de esas que demuestran que la realidad, en muchas ocasiones, acaba superando a la ficción.

Resulta que en algún momento de la historia de la vida que desconozco, que no entiendo, que escapa a mi memoria, una señora de buenas a primeras y borracha como un quintal apareció en mi vida despotricando, gritando y lanzando todo tipo de improperios. Durante un buen rato estuve escuchando sus burradas sin darle mayor importancia, hasta que salí a echarme un cigarro con un colega que andaba por allí y nos dimos cuenta de que la tía estaba montándole una bronca a su ex porque por lo visto le ponía los cuernos con una loca bipolar maniática y criminal que… por lo visto era yo.

«¿Está hablando de mí?», cuando me señaló con el dedo, primero miré hacia atrás, a ver con quién iba el rollo, pero aquella noche no había nadie más que mi colega, el camarero y yo. Entonces me cosqué.

«Me parece que sí, que va contigo», me dijo mi colega.

Me dio fuego y nos quedamos a echarnos unas risas.

Resulta que la fulana se había metido en la cabeza que llevaba meses acostándome con su pareja de aquel momento o ex pareja o lo que fuera, que era una zorra y una no sé qué más y todo eso y bueno, me montó una película tremenda. En un momento determinado, la susodicha entró al bar sola y cabreadísima y se lanzó a gritarme directamente. Así, a lo loco.

Cuando entró más gente en el bar, todos me miraban como si fuera a matarla. Todo el mundo entraba, flipaba y se acodaba en algún rincón a mirar el espectáculo desde donde no pudieran llevarse ninguna salpicadura en caso de correr la sangre. Suerte que la amiga me pilló en un momento muy zen de mi vida. Al cabo de un rato de escucharle sus arrebatos, levanté una mano y la hice callar:

«A ver, tía, explícame por qué me estás gritando, que no te conozco de nada y todavía no me he enterado de qué se supone que te he hecho».

Y me lo explicó. Estaba gritándome porque me acostaba con su pareja o ex pareja o lo que fuera que tuvieran en aquel momento.

«Vamos, a ver, señora… ¿pero tú con ese tío qué tienes?», la pregunté tranquilamente.

«Nada, es un hijo de puta y un cabrón y no quiero nada con él. Me ha hecho la vida imposible», me gritó muy enfadada y muy convencida.

«Bueno, entonces, ¿qué más te da con quién se acueste? Si lo importante es que te has librado de él, que ya no tienes que aguantarlo más y que puedes dedicarte todo el tiempo a ti misma, a ser feliz y a vivir tu vida, ¿no? Si es un cabrón y un hijo de puta, tampoco te merece la pena ponerte así. ¿No te alegras de haberlo sacado de tu vida?»

La conversación cambió radicalmente y estuvimos hablando un rato de autoestima, de amor propio y esa clase de cosas. Hasta que la señora acabó llorando, pidiendo perdón, dando las gracias y se fue a su casa más tartaja que nunca. Más tarde intentaría atropellarme con el coche y volvería a despotricar. Y de hecho, hoy por hoy, sigue haciéndolo, es muy graciosa, tiene una obsesión muy curiosa.

Aquella vez la situación quedó así.

Unos días más tarde, me crucé con el susodicho del problema y me paré a preguntarle:

«Oye, tú eres el tal X?»

«Sí, ¿por?»

«Encantada, yo soy yo, tu chica o tu amiga o tu ex o tu lo que sea me montó el otro día una bronca tremenda. No sabía que llevamos meses acostándonos, ahora que me entero».

Nos echamos unas risas, nos presentamos y ahí quedó la cosa.

Como anécdota mola, ¿no? Pues hay más.

Mi sexualidad en el pueblo es un elemento muy nombrado a la par que desconocido. Circulan leyendas rurales que hablan de mi capacidad para acostarme con más de un tío a la vez y por ahí hay mucho valiente que se cuelga la medalla de haber conseguido lo que ni siquiera se han atrevido a intentar. Y sí, es cierto que mi experiencia sexual es muy extensa y amplia y que disfruto de una sexualidad liberada y sana con amigos de confianza. Es verdad que he experimentado mucho y que me encanta alternar. Pero como ya he dicho más de una vez, el 99% de mis experiencias sexuales se desarrollan fuera del pueblo con personas completamente ajenas. Básicamente, porque la gente de por aquí ni tiene cultura, ni tiene experiencia, ni se atreven a acercárseme, ni los veo cualificados… y como considero que en ese aspecto estamos en niveles muy dispares, no suelo planteármelos ni como opción desesperada.

Creo que de por aquí, me habré ido a la cama con tres o cuatro… o así. Y algún intento frustrado o dos. Podéis imaginar la balanza.

Esta señora, que no me conoce de nada, que no sabe nada de mí y que nunca me ha preguntado por mis experiencias personales, decidió que el gato de Shroedinger estaba muerto. Y se ha dedicado a contarle a todo el mundo una versión de mí que, sinceramente, me halaga y me ofende a partes iguales. Me halaga porque me otorga súper poderes divinos que no sabía ni que tenía y que alimentan una leyenda muy chunga que me facilita mucho la defensa. Me ofende, porque se pasa de soez, ordinaria y vulgar.

Pero no es lo más sorprendente.

Creo que llevo en este pueblo unos diez o doce años… si contamos los veranos que venía de antes, serán unos veinte años o más. Tiempo de sobra para que las personas originarias del pueblo me hayan conocido y sepan perfectamente quién y cómo soy, ¿verdad? Pues no. Resulta que en verano sólo nos veíamos de fiesta, con lo cual tenían una versión muy distorsionada de mi persona basada en una adolescente liberal de dieciséis años que se desinhibía en el pueblo del cautiverio que sufría el resto del año, y la figura misteriosa en la que me convertí al venir a vivir aquí, porque nunca me veían trabajar, y cuando salía a desfogar el estrés del curro lo daba un poco todo. O sea, que básicamente, no se han molestado en conocerme. Saben quién soy, me admiten como una más del pueblo, me medio aceptan en sus círculos, pero no me conocen.

Las observaciones de esta mujer llegaron al punto de que aquellas personas que se supone que tenían que haberme conocido algo, llegaron a convencerse de que sí, efectivamente, me acuesto con todo el mundo, rajo ruedas de coches así porque sí, me como a los novios y maridos de las demás, etc, etc, etc.

En aquellos días, charlaba mucho con un filósofo que tenía una conversación bastante culta que me solía satisfacer mucho a nivel intelectual. Llegamos a profundizar tanto en las conversaciones que acabamos dejándonos ver por el pueblo, tomando de vez en cuando algo, charlando en la terraza del bar, algunas noches junto a la barra… sin más.

Hasta tal punto ascendió la observación que hizo esta tía antes de abrir la caja, que no sólo materializó al gato muerto, sino que al volver del fin de semana que me fui con unos amigos a Pucela, me llamó mi colega el filósofo y me calzó una bronca de tres pares de cojones porque la tía había ido diciendo por ahí que me había ido a Puce una semana entera a meterme en su cama.

Él se indignó, porque no le gusta que hablen de él y menos con mentiras. Pero es que encima llegó a decirme que no quería que nadie se figurase que nos habíamos acostado. Que eso no podía ser. Que por qué ponía yo en mis redes sociales que me había ido a pasar unos días a Pucela. Hasta que se me hinchó el toto.

«Vamos a ver, colega… para empezar, a Puce me he ido porque me ha dado la gana y lo he contado por el pueblo porque hasta donde yo sé puedo irme a pasar el finde a donde me parezca y no tengo que pedirle permiso a nadie.»

«Sí, claro, puedes hacer lo que te de la gana, pero a ver qué pones en tus redes sociales»

«En mis redes sociales pongo lo que a mí me da la gana… y a esta señora la tengo bloqueada y no me las puede leer. Que lo sepas. Y para terminar, ¿estuve contigo?»

«No, claro»

«¿Me he acostado contigo alguna vez y no me acuerdo?»

«Nooooooo, joder»

«Pues entonces, ¿por qué me echas a mí la bronca? Si yo no he hecho nada, échale la bronca a tu amiga, que bien que sales de fiesta con ella y te emborrachas con ella y te lo pasas pipa con ella y la defiendes y tal, ¿no?»

«Es que me jode que digan por ahí que me he acostado contigo»

Y ahí me ofendí.

«Pero bueno, ¿qué más te da lo que digan? Si sabes que no es verdad, pues que digan lo que quieran. Y de todos modos, ¿qué problema tienes conmigo? ¿Qué pasa por que digan que nos hemos acostado? ¿Tan malo habría sido? ¿Tan mal concepto tienes de mí?»

Buuuuuffffff… me puse tremendamente mala y le grité todo lo que se me ocurrió. En primer lugar porque por culpa de sus ideas conservacionistas y su obsesión por mantener las apariencias habíamos estado viéndonos medio a escondidas, así como para disimular, y sin que hubiéramos llegado a hacer nada, la gente había interpretado lo que le había dado la gana. Claro, más conjeturaban sobre si el gato estaba vivo o muerto, más se escondía el colega, más daba la impresión de que el gato estaba muerto. Y al final, acabé comiéndome un problemón tremendo porque todo el mundo se piensa que me he estado acostando con el ex de esta tía y con mi colega de forma simultánea. Es decir, que sin abrir la caja, en mi pueblo ya han decidido cuál es el contenido.

Al principio me ha costado entenderlo. Pero ahora lo veo claro.

Durante muchos años de mi vida, pensaba que este tipo de gente eran personas ejemplares. Personas que tenían trabajos, cargos de responsabilidad, familias… personas respetables y con responsabilidades. Y resulta que no son más que personas tremendamente amargadas y aburridas que sólo vienen al pueblo a desahogarse y a cogerse una borrachera tras otra de forma sistemática. Se relacionan en un círculo cerrado porque ya tienen la rutina configurada: mismo dinero, mismo alcohol, misma carne, misma situación… vienen, abrevan, se ponen malos y regresan a sus aburridas vidas.

No tenían interés en conocer a nadie ni en relacionarse con nadie ni en compartir nada con nadie. Si hubo interés por conocerme en algún momento, era sólo por la novedad de encontrar a una extraña algo más joven con cultura suficiente como para seguirle una conversación profunda. ¿Llegué a gustarle? Ni idea. Pero se fió más de los cuentos que inventó una extraña que llegó a su círculo con dinero suficiente y capacidad para abrevar siguiéndoles el ritmo que de la persona que decía que la consideraba una amiga importante. Y a la hora de la verdad, mi colega no quiso abrir la caja para ver qué había dentro: tomó una decisión y todo su comportamiento conmigo, toda su actitud, giró en torno a una realidad proyectada.

La cuestión es que no se soportan entre ellos, se critican y se ponen a parir los unos a los otros. Pero prefieren seguir bebiendo juntos a relacionarse conmigo. Al principio me frustraba la obsesión que tienen de juzgarme, sobre todo por la tremenda ignorancia con que lo hacen. Pero finalmente, me di cuenta de que haga lo que haga son personas que ya han tomado su decisión: para ellos, me follé al gato. Y si ellos lo han decidido así, da igual que sea verdad o mentira, da igual lo que yo tenga que aportar o contestar o argumentar sobre mi honra o mi falta de ella; lo único que importa es que para ellos sólo existe la falsa realidad que han escogido.

Por un lado me parece súper triste que personas que presumen de sacarme 20 años de edad y experiencia, que son más formales, más mayores, más adultos, más cultos y más sofisticados que yo lleguen al punto de comportarse como auténticos párbulos acusándome y señalándome sin conocimiento y sin darme la oportunidad de darme a conocer, alcanzando el colmo de lo ridículo de encontrarme con salir por la noche con unos amigos y que me hagan el vacío. Increíble. Cada vez que alguien paraba a saludarme, adultos hechos y derechos, me empujaban, se me ponían delante, me daban la espalda y monopolizaban a todo el que se me acercaba para aislarme.

Por otro lado, no pude por más que reírme. ¿Estos son los intelectuales de turno que se presentan este año a la oposición en mi pueblo? ¿Y se comportan así en público? ¿Estas son las personas que quieren que confiemos en que sepan gestionar el dinero para cubrir necesidades básicas? ¿Así van a solucionar los problemas? ¡Menudo ejemplo!

Mientras pierdan el tiempo divagando y especulando sobre si me follé o no me follé al gato y si éste sobrevivió, sus habladurías y rumores me están viniendo muy bien para tapar mi escalada social. Poco a poco me estoy colando en el panorama público, haciendo otro tipo de contactos y subiendo al estrado por otras puertas sin vigilar. Si no me ven crecer, no podrán tirarme… hasta que llegue a la cima.

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Este blog es pura ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia y sólo demuestra que tienes un problema severo de autoestima y protagonismo. No seas ególatra!! Se trata de mí, no de ti, por una vez en mi vida.

Además es como la peli del Makinavaja: va a ofender a todas las insituciones posibles habidas y por haber… así que si te ofende, es que hice bien mi trabajo o te autoidentificaste como parte del problema social.

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