Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Hubo una temporada en la que pasé tanto miedo que llegué a preguntar a las cartas del tarot sólo para aferrarme a su respuesta como quien se aferra a un clavo ardiendo. Aquella tirada la tengo guardada para enmarcarla porque visto en retrospectiva es la historia de estos años tal y como sucedieron. Las cartas hablaron de mentiras y de dolor y de gente muy interesada en hacerme mucho daño. Traidores, malas personas, oscuridad, destrucción y mucho sufrimiento. Y como punto final un condicionante: si resistes y lo soportas hasta el final, todo habrá merecido la pena.
Mil millones de razones para rendirme no significaban nada para mí sabiendo que había una que decía que todos los esfuerzos por agotarme eran pan para hoy y hambre para mañana. El fuego no acaba con el bosque, sino que lo regenera y lo hace crecer con más fuerza, más resistencia y genéticamente modificado para adaptarse a las condiciones climáticas más adversas. Y tal y como estaba previsto, las semillas empezaron a brotar cuando la tierra se hubo asentado. Primero no muy grandes, no muy visibles, pero con raíces fuertes y profundas capaces de agarrar y sujetar las capas del suelo impidiendo que las lluvias del desprecio de la maldad pudiera erosionarlo.
La alfombra de vegetación se fue extendiendo poco a poco, reteniendo humedad, fertilizando y nutriendo lo que fueron campos yermos de muerte y ceniza. Primero llegaron las hifas de los micelios que descompusieron los cadáveres en nutrientes que enriquecieron el sustrato donde germinaron las gramíneas, las herbáceas y las enredaderas. Poco a poco empezaron a llegar algunas leñosas arbustivas… y el paisaje oscuro y tétrico empezó a cobrar un nuevo sentido. Quizá no terminaba de ser hermoso aún a la vista, pero entre las lluvias y los musgos, las ruinas del reino del bosque se fueron cubriendo de una vegetación espesa, verde oscura, que poco a poco iba trayendo consigo flujos de lluvia, pequeños arroyos que iban formando cauces y luz a través de las oscuras nubes del humo que se iban disipando.
La destrucción que lo arrasó todo se diluía en el tiempo dando paso a una sensación extraña de calma y abandono. Silencio, mucho silencio, brisas extrañas que venían del cambio del viento desde tierras remotas. En medio de todo eso, un túmulo casi invisible cubría y protegía la crisálida, rígida como una piedra, que albergaba en su interior aquello que había de venir. Una crisálida apenas perceptible, pero que, cuando se ponía atención suficiente, se podía percibir cómo la piedra parecía volverse poco a poco cada vez más frágil, como si fuera cristal, más transparente, más… viva. Eran las vetas de la piedra las que conectaban con el flujo de sabia y de información de las micorrizas bajo la tierra, formando el centro, el corazón, el núcleo de todo un complejo módulo de información. Pero eso es difícil de explicar y tendré que contarlo en otro relato.
Besitos, amis! Os quiero, siempre!!
