Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
El momento se acercaba poco a poco. Como un goteo constante, un tic-tac inexorable que no corría al son del tiempo de los mortales, sino que trascendía con su ritmo y su cadencia y sonaba clac, clac, como una tuerca incansable en un engranaje imposible que, girase a la velocidad a la que girase, siempre giraba, de forma inevitable, al mismo ritmo.
Lo sentía en el viento a modo de brisa silenciosa que le susurraba al oído, lo percibía latiendo en la profundidad de la tierra como si fuera la respiración de un organismo vivo a punto de despertar. El agua se agitaba y se disolvía en ondas cada vez más y más rápido y todas las llamas de todas las velas, hogueras y candelas temblaban a su paso y se avivaban con fuerza cuando ella estaba cerca.
Es posible que el mundo de los mortales la hubiera olvidado. Se repartieron sus tierras y sus posesiones materiales pensando que de aquella manera podrían adquirir su poder y sus habilidades. Celebraron su caída y su muerte. No había pasado mucho tiempo en realidad desde entonces, pero para los mortales, que apenas viven un suspiro, les parecía una eternidad.
Qué singulares criaturas, tan insignificantes en realidad y tan volcadas en hacer de cada una de sus insignificancias algo digno de mención en un mundo que ni siquiera los tiene en cuenta. Se desviven por encajar en un lugar para el que no fueron creados y en el que ya no saben vivir y, sin embargo, resisten. A la bruja le parecían tiernos al mismo tiempo que ridículos. Pero no se lo tenía en cuenta. Sabía que la maldad era intrínseca de quienes creen que tiene que haber una bondad y, de todos modos, la maldad y la bondad, lo bueno y lo malo lo habían inventado ellos creyéndose la medida de todas las cosas y olvidando los ciclos naturales de la vida.
No tenían ni idea de que la Gran Madre tenía sus propios planes al respecto y que no podrían jamás derrotarla. Por eso les dejó ganar su estúpida batalla, porque en el fondo sentía compasión por tan absurdas criaturas que robando lo que no es suyo creen que han vencido cuando la triste realidad es que sin robar a los creadores del mundo ni siquiera sabrían por dónde empezar a construir lo que tienen.
En resumidas cuentas, les había regalado un escenario para que jugasen a ser dioses y no interfiriesen en sus profundos planes. Al fin y al cabo, ella se movía en otra frecuencia y jugaba en otras ligas, con otros seres mucho mayores y mucho más poderosos.
Sumida en mi propio Kairos y dejando a AGENA al mando en el virtual mundo de los mortales, pude ocultarme a la vista de todo el mundo. Así, tan fácil y tan simple. Seamos sinceros, a los narcisistas y a los psicópatas se los vence de la manera más sencilla: dejando de serles útil. Y sí, eso hice, dejar de ser útil al sistema que habían creado. Pero mientras ellos me daban la espalda y se olvidaban de mí no les importó que destruyera sus máscaras una a una.
El tiempo, SU tiempo, había corrido mientras celebraban su aparente victoria y para cuando se dieron cuenta, mi conquista ya había extendido su luz a través de la tierra que les rodeaba. Los hechos acabaron hablando por sí solos y mientras todas las tristes criaturitas oscuras se veían reducidas a lo que eran en realidad perdiendo su imagen y sus privilegios, mi poder volvió a crecer y accedí a nuevas tierras y nuevas oportundiades.
AGENA mantuvo sus mentes distraidas y se debieron de empachar de ella puesto que, finalmente, todxs esxs hijxs de puta dejaron de espiarme y dejaron de vigilar mis pasos. Les hice el espejo y cada vez que miraban para espiarme AGENA les devolvía su propia imagen, ellxs solxs se torturaron hasta el punto de tener que verse obligadxs a dejar de mirar, pues finalmente no fueron capaces de soportar su propio desprecio. Tan grande era el asco que se daban a sí mismxs.
Ý por pura vergüenza tuvieron que dejarme en paz.
Ahora mis pasos son firmes, serenos, el borde de mi vestido acaricia la arena fina de la playa mientras camino hacia la hoguera en la que me espera el Brujo del Páramo. La brisa y el sonido del mar se me antojan música celestial. El sol empieza a ocultarse y una gaviota cruza su imagen dejando en mis retinas la sombra de su silueta como una especie de señal. La estrella del norte ya ha salido y, a lo lejos, el faro empieza a destellar guiando a los marineros.
Él se encuentra ahí, en pie, imponente tan alto que es, pero siempre con apariencia sencilla. Su poder no ostenta, no pretende, no necesita crecerse sobre nadie. Él sabe quién es, qué es, y el espacio que ocupa. Y lo llena como una ola cálida que detiene ese tic-tac extraño que cambia de velocidad en función del momento del día.
Conforme me acerco, tranquila, serena, me invaden las mariposas en la boca del estómago. Parece mentira que hayan pasado tantos años en esta vida y tantas otras vidas antes que esta y siga produciéndome esa sensación extraña e indescriptible. Mi cuerpo se tensa, me pongo nerviosa, pero no es miedo ni ansiedad ni ansia es… no lo sé, ¿expectación? A un par de pasos frente a él, el tiempo se detiene y se me corta la respiración.
Entonces levanto la mirada poco a poco, es nuestro ritual, miro mis pies, los suyos y subo despacio, deleitándome con el momento, prolongando la dulce agonía de alcanzar por fin sus pupilas. Y cuando por fin nuestros ojos se encuentran, ambos nos sonrojamos, sonreímos como nunca nadie nos ha visto sonreír. Ahí está. Él abre los brazos, le recibo, me envuelve con su enorme envergadura y me atrapa en un cálido beso. Luego se desprende despacio y me mira de cerca, otra sonrisa, aparta el pelo de mi cara y sus ojos se iluminan. Ahora sí, me suelta y podemos comenzar nuestra reunión.
«¿Estás preparada?», me pregunta tranquilo.
Asiento despacio, realmente no necesitamos muchas palabras. Sé a qué he venido, ambos lo sabemos. Ha llegado el momento.
«Te marchas otra vez», susurro pensativa, sin dejar de mirarlo, quiero grabar su figura y su imagen en mi memoria para escribir estas líneas.
«Es temporal», asiente despacio, ¿para qué negar lo evitente?
«Aunque te fueras para siempre, seguiría siendo temporal», contesto irónica preguntándome cuántas veces nos habremos separado ya para siempre y cuántas nos hemos vuelto a encontrar a pesar de no compartir nuestros destinos.
Sirve dos vasos con alcohol. No recuerdo qué toma él, pero a mí me sirve un buen whisky con dos piedras de hielo, exactamente como a mí me gusta. Me invita a sentar en un cómodo sillón improvisado con almohadas junto a la hoguera y arrastra hasta mis pies un cofre que parece pesar una barbaridad.
Casi me atraganto con el whisky cuando reconozco el cofre. La sangre se me congela dentro del cuerpo y no sé qué decir. No debería estar ahí. No me siento preparada.
«Estaba a salvo donde estaba», le digo nerviosa, tosiendo al mismo tiempo para no morir asfixiada.
«Te pertenece», sin más se agacha a mi lado y me da unos golpecitos en la espalda, «ahora tienes que usarlo, ha llegado el momento»
Nadie había encontrado el tesoro. Nadie había encontrado el origen de mi poder, no encontraron las drogas, no encontraron el dinero, no encontraron las armas, los libros de cuentas, los contactos, nada… porque no tenían nada que encontrar. Todo lo que consideré que podían llegar a utilizar para hacerme daño, todo lo que podían llegar a emplear para acusarme de lo que pretendían y armar sus confabulaciones contra mí para erigirse reyes de una catástrofe que no había llegado, estaba lejos, muy lejos, a buen recaudo.
Durante todo este tiempo mantuve en secreto y muy bien protegidos todos mis conocimientos, mis poderes, mi sabiduría. Desde que ocurrió lo que ocurrió, lo único que tuve que hacer fue conjurar un hechizo de protección y esconderlo donde nadie jamás lo encontraría: el brujo. Él era el guardián de mi poder, era quien me protegía, a veces lo sabía y a veces sin saberlo. Y aquello, no tenía por qué saberlo. Me había cuidado muy mucho de esconder todo aquello en su torre sin que él lo supiera.
Todo este tiempo, desde que ocurriera lo que ocurrió y destruyeran mi castillo, me había estado moviendo sigilosa entre las sombras, escondida tras el reflejo de AGENA para engañar a las fieras y regalándoles un pedacito de terreno para que sintieran que habían ganado y me dejaran completamente en paz. Y había funcionado. La jaula que creyeron construir a mi alrededor, se había convertido en la jaula de aquellos infames seres tan incapaces de mirar más allá del dedo gordo de sus pies. Y yo había construido algo más grande de lo que jamás podrían llegar a imaginar.
«Lo sabías», le dije cuando me hube calmado, «siempre lo supiste»
«En realidad lo supe en Villena», me dijo a modo de disculpa.
«¿Por eso regresaste?», él sonrió con ternura.
«Iba a hacerlo quisiera o no, bruja, estaba escrito»
Se sentó a mi lado en silencio. Así que eso era, se había rendido a nuestro extraño destino y había sido el misterio del universo lo que había hecho que me rescatara aquella vez, como tantas otras más. El sol seguía bajando implacable y aunque a mí me pareciera que el mundo dejaba de girar a nuestro alrededor y que nada más importaba, él no debía tener la misma impresión. Me apoyé en su hombro, deslizó su brazo a mi alrededor y, en un momento determinado, cedió… dejó de mantener la compostura y me apretó contra su piel, como si tuviera miedo de perderme.
Entonces, dejó el vaso a un lado y giró para mirarme fijamente a los ojos. Me sobresalté, pero su intensa mirada me atrapó como quien se asoma a la profundidad de un abismo interminable. Sentí el vértigo inundándome el estómago y penetré el túnel de sus pupilas hasta el interior de la coraza que lo protegía. Llegué hasta aquel lugar recóndito que apenas nadie había logrado percibir nunca y allí me encontré a mí misma.
Su boca se cernió sobre la mía, su aire se convirtió en mi aire, su piel en mi piel y el mundo se deshizo en pedazos. Yo ya sabía lo que eso significaba. Así que lo acepté.
El tiempo que pasamos en aquella orilla se perdió indescifrable en el recuerdo. Pero de aquel encuentro regresé con las fuerzas renovadas y un enorme cofre lleno a rebosar con todo lo que me pertenecía, todo mi poder, mis herramientas, mis armas y un propósito. Había llegado el momento.
La hoguera duró lo que duró y cuando el fuego se extinguió, nada ni nadie quedaba en aquella playa. El mar se llevó nuestro rastro y el viento nuestro aroma. Los recuerdos, viven bajo nuestra piel. El resto de la historia, acaba de empezar.
