Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Me encanta que la gente se ofenda cuando digo que en la Sierra de Francia soy una outsider, pero no me lo llamo yo… es que me tratan más por compromiso que otra cosa. De verdad. Me hace muchísima gracia.
Empiezan las actividades y la captación de adeptos a los grupos y sociedades. Sí, lo sé, pero he visto ya como casi dos temporadas de la «Edad Dorada» y se me antoja el símil. Es la triste realidad, en los pueblos parece que se vive así: mujeres ociosas ocupando su tiempo libre en actividades sin ánimo de lucro para promover una cultura que se muere poco a poco mientras tratan de hacer vida social.
Todas aburridas jubiladas y amas de casa que tratan de captar a las nuevas juventudes, enseñarlas, educarlas, moldearlas y convertirlas en clones de una sociedad exhausta condenada a desaparecer, ¿para qué? Para conservar las cuatro cosas que saben/quieren hacer con su tiempo libre porque se niegan rotundamente a hacer cosas nuevas que atraigan a la juventud.
Y de vez en cuando aparecen iniciativas que contemplan otras opciones y la gente se entusiasma. Y yo que me alegro, de verdad, estoy súper contenta de que mi asociación tire para adelante, de que podamos invertir en mejoras y de que podamos plantearnos la posibilidad de crecimiento. Step by step, of course.
Pero una vez más, ahí estaba yo, siendo presentada a las demás mujeres del grupo de costura como «la mujer del chico que hace los talleres de arquelogía». Bravo, qué gran reconocimiento por su parte, sí señora. De mujer a mujer.
El chico, tiene 50 añazos y lleva 30 años de experiencia en investigación, además de que muchos investigadores que necesitan la info le escriben y contactan con él, ya que es uno de los mayores descubridores de arte rupestre de la provincia de Salamanca.
Yo no soy la mujer de nadie. Nunca lo he sido y no tengo pensado serlo. Soy la persona que ha desarrollado la idea de los talleres, se ha currado la asociación, la gestiona y además la que emite las facturas y cobra por ello. No es un contrato, pero es mi trabajo, un trabajo que he creado yo y con el que estoy muy a gusto.
Pero ahí está la maravillosa, idílica y bucólica Sierra de Francia para infravalorarme y despreciarme hasta convertirme en nada más que la sombra de un experto al que ni siquiera reconocen su valor como tal. Se piensan que el conocimiento que tenemos y manejamos está al alcance de cualquiera.
Recuerdo que hace años todas estas mierdas me ponían de los nervios. Ahora me hacen gracia y me producen una mezcla rara entre ternura y compasión. Es verdad, la gente de aquí no va a aspirar a más, no son más que eso: las mujeres de alguien, reunidas para matar el tiempo sin mayor aspiración. Son madres o gestoras de casas rurales, la mayoría de ellas soportan el peso económico del hogar mientras que los maridos y los hijos trabajan para sí mismos y viven sus vidas fuera del hogar.
Si reconocieran a una mujer independiente y se interesaran por una vida diferente a la suya, tendrían con qué comparar y volveríamos a lo mismo: tendrían que volver a rechazarme sólo porque vivo en libertad sin atarme a nadie y gestionando mis propios recursos al margen de las apariencias. Tendrían que aceptar que pueden tener una vida diferente y tendrían que hacer un acto de reflexión propia.
¿Debería reivindicar algo? En realidad, fui expulsada y rechazada por todas ellas en su momento, así que tampoco tengo ningún motivo para sacarles de su error. Aunque termine de montar lo que estoy montando y de sacar adelante lo que estoy sacando adelante, creo que seguiría dejando que pensaran que sólo soy una ama de casa. Total, a mí qué más me da lo que piensen, mientras sigan pagando lo que les cobro. Ya no me apetece dejarles entrar en mi esfera particular.
A veces es como si quisieran creer que a base de insistir iba a cambiar de actitud y a volverme dócil y sumisa como un corderito que se vuelve a dejar herir por complacer a quienes le desprecian. Ya me preocupé mucho tiempo por lo que pudieran pensar los demás y me devolvieron lo peor de esta sociedad. Ahora nadie se merece que me trague ni lo que pienso ni lo que siento. Y ser neuro divergente es lo que tiene: no compro mentiras ni postureo ni tonos falsos ni máscaras… observo tu contradicción, la analizo y no voy a fingir que no lo he visto. Y si eso les sienta mal: so sorry, ya no siento la necesidad de quedar bien con nadie.
