Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Sí, bueno… ya escribí un poco sobre mi regreso a la ¿rutina? No se puede tener rutina en el mundo en el que habito yo, está claro. Pero sí que se pueden tener otras muchas cosas. Por ejemplo: información, planes, ideas, capacidad resolutiva, actitud… y de eso a mí me sobra un montón.
Mi contrato temporal (que no mi trabajo) ha terminado. Fue divertido, apasionante, interesante y aprendí muchísimo. Creo que mi relación con el campo está cambiando mucho últimamente. Ya no es sólo una cuestión de estar en el lugar, sino de inmersión. Sé que cuando se me abrió esta puerta fue una casualidad, una absurda alineación astral de catástrofes, desgracias y casualidades. Sé que yo no era la primera persona propuesta para hacerlo, sé que ni siquiera habían pensado en mí, que ni siquiera estaba en la lista…
Simplemente, me llamaron porque por casualidad una persona pensó que quizá lo impensable podría ser algo mejor que las opciones que quedaban. Sí señor, por primera vez en la vida, se habían agotado las opciones profesionales interesantes y sólo quedábamos yo (descartada del mundo laboral por tener el pedazo de tetas que no puedo disimular) y la manada de yonkis, alcohólicos y politoxicómanos… con lo que implica contratar a gente que se pasa el trabajo por el arco y que sólo busca el dinero para un chute más.
No sé ni cómo se les ocurrió llamarme. ¡En serio! Ya me había rendido… y llegó el mensaje:
«Ey, tú, estás disponible para trabajar?»
«Haciendo qué?»
«Sulfatar, curar, desbrozar…»
«Si te esperas a que acabe los exámenes…»
«Te necesito para ayer.»
Podía hacerlo y podía no hacerlo. No estaba en forma, no estaba preparada física ni psicológicamente para trabajar en el campo y para acabar de estudiar, las dos cosas a la vez. Todavía estaba terminando el tratamiento. Y, sin embargo, dos ideas me cruzaron por la mente: una, que tarde o temprano tenía que acabar de recuperarme y de retomar la vida por donde me obligaron a dejarla; dos, que en doce años de vida en la sierra deseando demostrar que puedo hacerlo, discutiendo y peleando para que dejaran de verme a través de las domingas y me vieran como a una más, era la primera vez en la historia que una empresa local se abría a la posibilidad de contratar a una mujer para trabajar DE VERDAD (y no me refiero a como en los Ayuntamientos… trabajar, trabajar, de rendir de verdad de la buena y sudar el sueldo).
Tenía que hacerlo, ¿no? No por mí (que también), sino por todos y por todas. Si por fin alguien lanzaba esa piedra en mi favor, tenía que aceptarlo. Tenía que hacerlo y tenía que hacerlo hasta el final. Y es que me sentí en el deber de enseñarle al mundo que no sólo yo, sino las mujeres en general, podemos hacer el mismo trabajo que los hombres, sólo tienen que darnos la oportunidad de intentarlo y de aprender. Ellos merecen aprender a vernos como a iguales, pero ellas también merecen saber que si pude hacerlo yo, puede hacerlo cualquiera que le eche un poco de interés. Tenía que aprovechar esa puerta, cruzar el umbral y sobrevivir… hacerlo lo suficientemente bien como para que algún día cualquier otra mujer pueda optar a esos puestos laborales, ¿por qué no? De eso iba el tema de la lucha por el desarrollo profesional de la mujer en el ámbito laboral, ¿o no?
De la experiencia con la desbrozadora en la viña ya hablaré largo y tendido en el libro… tanto la empresa como la persona que me tendió ese puente se merecen un capítulo entero y verdadero, son gente muy especial. No voy a contaros todas las mil terribles anécdotas que vivimos porque nos pasó de todo: accidentes, incidentes, discusiones… pero sobre todo sorpresas. JL se volcó mucho para enseñarme todo lo que necesitaba aprender, pero también me dejaba mi espacio para aportar y su mayor sorpresa era que a pesar de sus prejuicios con respecto al tema de contratar mujeres se había encontrado con una que siempre había estado ahí, se había formado, entendía de qué iba el rollo y se lo curraba.
«La primera semana pensé que no ibas a resistir», me dijo cuando acabamos aquellos trabajos.
«¿Sinceramente? Yo tampoco», le dije yo.
Y era cierto. Después de dos años de recuperación física y psicológica tras la destrucción de todo mi mundo, todos los médicos me habían dicho que era una locura y no estaba preparada. De hecho, le hice prometer que si me moría en la viña haría un agujero y me enterraría debajo del rufete sin ceremonias porque lo cierto es que amo esa viña, amo ese lugar, ese pequeño trozo de tierra en el que tantísimas veces me he reconstruido. Y adoro a esa persona tan maravillosa que año tras año ha sabido sacar siempre lo mejor de mí.
Así que en aquella viña acabé de recuperarme física y psicológicamente, again, por mí y por todas mis compañeras, sí, pero ¡por mí primero!. Conseguí aprobar los exámenes (eso ya lo sabéis) y establecimos un vínculo mucho más fuerte, más humano. Nos sirvió la experiencia para conocernos mejor, desarrollar la confianza y sincronizarnos laboralmente. Puede que no seamos ese tipo de amigos que salen juntos a tomar algo o que celebran los cumpleaños, pero sí que somos amigos, del tipo que confían su vida y su seguridad al otro si surge un problema en el campo. No sé, somos un equipo estupendo.
Eso fue lo que hizo que me abrieran la posibilidad de seguir adquiriendo conocimiento, habilidad y responsabilidad y, sobre todo, de demostrar que puedo trabajar en equipo, responsabilizarme de mi parte y dirigir la nave si es preciso… en fin, todas las cualidades que se piden en un trabajo, ¿no? Fui el último mono en llegar, está claro, y sé que ser mujer me puso muy atrás en la lista de opciones… pero resulta que ahora que he entrado, lo hice para quedarme. Ellos no tienen que buscar más, sólo tienen que llamarme y enseñarme lo que haya que aprender y dejarme allí haciendo lo que haya que hacer. Todos descansamos tranquilos. Yo tengo un seguro, ellos tienen a alguien que ya no tienen que seguir buscando y en la viña me han dado más autoridad: mi opinión cuenta, quizá no como para tomar decisiones en última instancia, pero en realidad soy la persona que se queda al mando cuando JL no está y eso es porque confía en mí y mi opinión cuenta. Si no contara, mi trabajo allí sería un infierno. Mi punto de referencia ensancha por momentos.
Todo lo demás… bueno, leo las noticias y hay algunas que me llenan el alma, pero no puedo hablar de eso porque todavía tienen que pasar cosas que no dependen de mí, así que voy a dejaros deliberadamente con la intriga hasta nuevo aviso (así mantengo a mis lectores fantasma pendientes).
Por primera vez en años he conseguido acabar las vacaciones en la fecha correcta, la temporada laboral en el momento exacto y he vuelto al mundo académico con muchas ganas y mucha energía. Todo lo que quería hacer contrarreloj en julio cuando me petó el cerebro y me fui a la playa está ahora en curso: formalización de prácticas, el proyecto, el tema vivienda, las licencias de vuelo, retomar las oposiciones… y mientras tanto, me han hecho una propuesta interesante que estoy valorando muy seriamente. Os doy una pista: hay que saber hablar inglés. ¿Quién sabe? A lo mejor me vuelvo internacional. En realidad es posible que no quede más remedio, pero ya sabéis cómo funciona lo de las crisis y demás, suele conllevar oportunidades que no hay que dejar pasar.
Os escribo sobre eso en el próximo post. Os quiero!
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Escribir es una parte distintiva de mi ser. Siempre acudo a la escritura para salir de la realidad y también para entrar y profundizar en ella. Escribiendo analizo y entiendo mejor la vida y sus persona-jes. Escribiendo me suelto, y recuerdo y fijo las memorias. Por primera vez me decido a mostrar lo que escribo: ideas, historias que tejo, que la gente me deja en su tránsito, o me hace imaginar con su actos o palabras, cosas que recuerdo a medias o apenas intuyo, invenciones, literatura procesada, escenas vividas y soñadas, recuentos de dolor y exilio, de abandono y pérdida, de mucho amor mezclado con todo lo anterior. Ojalá me encuentren, se encuentren un poco, disfruten y estos textos los hagan pensar y sensibilizarse. Gracias por leer-me.
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