Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Dolor. El mundo empieza con dolor. Cuando nacemos, lo primero que sentimos es dolor. Angustia. Es lo segundo que nos llega. Por eso los niños rompen a llorar, porque primero les golpean y luego reaccionan físicamente ante la angustia de no poder respirar. Cuando lloras la primera vez ya formas parte del mundo. Por eso, para formar parte de la realidad hay que saber sentir dolor.
El problema del dolor es que si no se trata adecuadamente, este dolor fermenta. Combinado con la soledad, produce tristeza y, al fermentar, genera amargura. Pero la amargura del dolor es una amargura disfrazada, de aspecto inocente o colorido o infantil, una amargura que tiende a pasar desapercibida. Esta amargura tiene una característica esencial: cuando más inconsciente se es de que se tiene, más llamativa se vuelve.
El mundo es doloroso, amargo y gris. El gris en un color muy deprimente. Igual que el mal clima que dicen que tenemos. No es un mal clima. Es sólo que hace frío, sin más. El año pasado hizo mucho calor y todo el mundo se quejó del calor que hacía, de que no llovía, de que no hubo invierno. Este año la naturaleza nos compensa con más días fríos y más lluvias. Pero parece ser que tampoco nos conforma.
La gente quiere calor porque creen que estarán de mejor humor si la luz muestra colores más brillantes a su alrededor. Eso es mentira. Incluso en un mundo gris, los colores están ahí para quienes saben y quieren verlos. No necesitas que la luz sea especialmente brillante o que la atmósfera esté específicamente despejada. Los científicos te dirán muchas bobadas al respecto y los entendidos en arte y diseño también.
No les creas. Nosotros vendemos sueños, fabricamos sueños, inventamos sueños. Nosotros hacemos posible lo imposible porque creemos que podemos hacerlo. El frío nos ayuda a mantener la calma y a pensar de una manera más ordenada, más clara. El frío y la lluvia nos hacen sentir vivos, ser más conscientes de quiénes somos y del espacio que ocupamos en el mundo, en la tierra.
Cuando sople el viento o caiga la lluvia, abre los brazos y deja que te roce la piel. Sé consciente de tu volumen, de tu silueta, de tu piel. Y deja que todo a tu alrededor transcurra y suceda. Sé ajeno/a del mundo y mírate a ti mismo/a. Deja que todo vaya más despacio a tu alrededor. El mundo no tiene sentido. Ni el mundo, ni sus normas, ni sus leyes, ni sus costumbres… por eso nosotros somos diferentes.
Nosotros podemos ver el color del mundo a través de las gotas de lluvia y de los cristales rotos, en las luces artificiales de las farolas y en los charcos de agua, en los espejos, en los escaparates… está ahí y podemos escuchar su ritmo y su música. Vivimos con su pulso, el pulso de la tierra. No te corrompas nunca, no seas nunca como los demás.
