Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

Sí, pero no

Vamos a ver si soy capaz de explicarme…

Hay edades y edades para todo en la vida, ¿no? O sea, crecemos por etapas, superamos fases y maduramos con el tiempo. Se supone. Están la guardería, el cole, el insti, la uni… los primeros trabajos, los puestos de becario, de aprendiz, las primeras relaciones sexuales, emocionales, laborales. En fin, todas esas cosas que nos hacen crecer y aprender y madurar y tomarnos la vida cada vez con mayor seriedad.

Hay cosas que se hacen con 15, que se piensan en el insti y que se interpretan desde la ignorancia cuando estas experimentado tus primeras relaciones.

Pero, ¿qué pasa cuando tienes 40 años? Nunca me había imaginado que un tío de semejante edad, con tantísima experiencia laboral, tanto recorrido, tanto mundo, se convirtiera en un auténtico psicópata.

Vale. Entiendo que cuando no tienes un trabajo te aburres y te pones a discurrir y a pensar y se te puede ir la pinza, pero ¿hasta tal punto?

Tengo dos trabajos y como 20 bocas que alimentar. Soy una chica ocupada. Está bien intentar tener una relación emocional, claro que sí, sobre todo cuando un tío te gusta. Pero no está bien que me saquen de mi vida y cuando las cosas no van bien las relaciones se rompen. Hasta ahí bien.

Luego viene la fase del acoso.

Hay, joder. Qué caos.

¿Tan buena soy? ¡Venga ya! ¿No será que no tienes dónde caerte muerto? Sí, vale, soy currante, trabajadora, independiente y relativamente atractiva (vamos a dejarlo ahí, que sé que no soy fea pero no quiero tirarme el rollo). Pero no soy una diosa tan suculenta como para que te vuelvas tan loco por mí.

O sea… que pasamos de ‘eres el amor de mi vida’ a la inseguridad. Vale. Todo va bien, todo funciona. Hasta que él se queda sin trabajo. Y de pronto se aburre. Y de pronto mi trabajo no le gusta, mis obligaciones no le gustan… no. Ahora que él no tiene nada que hacer quiere que pase el mayor tiempo posible a su vera. ¿Hola? Que no tengo tiempo, que tengo dos trabajos.

Y flipo.

Rompemos. Perfecto. Me parece lo mejor dadas las circunstancias. En serio, sé feliz, encuentra a alguien que tenga tiempo para ti, yo no lo tengo. Y así me quito un peso de encima. Guay, tío… que te vaya bien.

Y empiezan los mensajes y las llamadas.

‘Te echo de menos’, pues… mala suerte, ¿no?

‘Quiero quedar contigo’, ya, pero es que no tengo tiempo, ni ganas…

Y la ira.

‘Estas con otros’, a ver… no tengo tiempo para ti, no lo voy a tener para otros. Y aunque estuviera con otros, ya no estás conmigo porque has roto conmigo, ¿no? Pues, lo siento, ya no es asunto tuyo.

Y entra en loop. Ahora me echas de menos, ahora me odias a muerte; ahora me amas, ahora me llamas lo innombrable… y todo se desarrolla en conversaciones interminables de whatsapp en las que tú te hablas y tú te contestas solo.

¿Opciones?

Bloqueo del chat.

Llamadas telefónicas a las tres de la mañana al fijo de mi casa. No pienso contestar.

¿Sabes qué? Que tu línea de teléfono está a mi nombre y que hoy mismo voy y te la corto. Así no me llamas más.

¿Te vas a presentar aquí? ¿vas a venir a mi trabajo? Atrévete… están todos avisados. Pero eso es acoso y violencia de género y no soy de las que denuncian a la primera de turno, pero me estás tocando mucho los ovarios.

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Esta entrada fue publicada en enero 18, 2017 por en Emprendiendo, mío y etiquetada con , , , , , , , , , , , , , .

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