Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.
Hay momentos en la vida en los que no te queda más remedio que romper con todo lo que te rodea y cambiar de aires. Digamos que los negocios turbios son turbios por algo y que, al final, hay que saber frenar a tiempo. Dadas las opciones con las que contaba, acabé vendiendo todo lo que me quedaba, la cosa se había puesto tan sofocante que decidí, pues eso, vivir la vida. Tengo un olfato especial, una intuición mágica para oler los vientos y creedme cuando os digo que percibo los problemas como se perciben las tormentas en los cambios estáticos de la atmósfera.
Lo que ha pasado, iba a pasar. Y había dos opciones: podía estar o podía no estar. ¿Cómo enfrentarme a eso? Si me quedaba a esperar el problema me pillaría sin fuerzas y, probablemente, sin capacidad para poder solucionarlo. Si tomaba la opción de no estar… bueno, fue la opción que escogí. Así que os cuento la película.
Las flores. Las flores del jardín de las delicias. No llegamos a montar el jardín secreto y oscuro porque los socios no eran de fiar y reculé justo a tiempo de meterme en un problemón con gente muy chunga. A ver, a todos nos gusta la fiesta y todos tenemos que buscarnos la vida, pero una cosa es un sobresueldo y otra bien distinta es volver a bailar tango con la muerte. No es que me haya hecho mayor y que ya no tenga ánimos para volver a librar viejas batallas… es que me he hecho mayor y ahora soy más lista y la gente de aquí no tiene ni puñetera idea de cómo se hacen las cosas bien.
Decidí eliminar a los traidores, con elegancia, discreción y mala ostia. De un portazo. Sabía que tarde o temprano, sabiendo lo que sabían, vendrían a echar la puerta abajo y a buscar todo lo que tenía escondido. Así que, una vez más, me puse las pilas y me deshice de todo sin prisa pero sin pausa. Hasta que se terminó. Después organicé los recursos. Tenía que ser veloz, como siempre en estos casos, y jugar bien mis cartas. Las huidas son chungas a veces, pero cuando tienes experiencia puedes emplearlas en cosas productivas.
Tuve que colocar a todos mis monstruos, uno a uno, en diferentes lugares y hogares para asegurarme de que todas mis criaturas estaban bien atendidas en mi ausencia. Hice un par de llamadas, vencí el contrato en mi puesto de trabajo (esa es otra película a parte, no lo premedité, pero me vino de perlas la jugada porque al quedarme sin trabajo ganaba dos cosas: el sueldo del paro, la nomina, el finiquito y el tiempo y el espacio suficientes para escaparme unos días… ahm, ¿he dicho dos? ) y preparé las maletas.
El trabajo era sencillo, una buena oportunidad para explorar otras opciones. Tenía que recoger una furgoneta cargada hasta las topes de trastos, echar dentro mis maletas, montar en un ferry y llegar hasta la casa en la que me acogían el tiempo que fuera necesario. ¿Cuánto iba a tardar en llegar? Bueno… tardé una semana en llegar a la isla con la furgoneta.
Por el camino, llamé a una vieja amiga, una compañera de andanzas de mi infancia. Si alguien podía ayudarme a recuperar mi empresa y a volver a generar beneficios rentabilizando mis últimas ganancias, ésa era ella. Qué mejor que viajar al sur para poder comprar las mejores especias árabes a buen precio. El sur tiene muchas cosas especiales… entre otras, que allí todavía me quedan amigos y hermanos de aquellos tiempos en los que nos comíamos los bares juntando duros y pesetas y arrasábamos los festivales con botas de sharp y cadenas atadas a los vaqueros vendiendo lo que pillábamos para pagarnos los gastos.
Pasé una semana allí, entre familia, entre mis chicos… hacía más de 10 años que no veía a la mayoría de ellos y todavía me recibieron con los brazos abiertos. Así que pasamos mucho tiempo poniéndonos al día, hablando, ajustando cuentas, bebiendo… en fin, como en los viejos tiempos. Y, tal y como yo había previsto, en cuanto le conté a mi hermana la historia encontró una solución y me llevó a ver a su proveedora. Hablamos de negocios y todo quedó acordado para mi regreso. Así que cuando hube cerrado los negocios, retomé la ruta y cogí en Cádiz el ferry.
Canarias. Playa. Sol. Y distancia. A tantos kilómetros me sentía completamente a salvo, de modo que sólo tenía que esperar a que llegaran las noticias. Tarde o temprano ocurriría. Así que… pasó. Un buen día sonó mi teléfono. Los chicos que cuidaban mi casa me dijeron que habían entrado a robar por la noche y que se habían llevado a penas las cosas de mis antiguos socios. Habían rebuscado en la casa, pero no habían encontrado nada. No, claro que no. No había nada que encontrar en mi casa porque en mi casa nunca hay nada cuando yo no estoy.
Los muy memos dejaron todos los indicios en todas partes y, con el negocio desaparecido, sin producto ni dinero y todos mis cabos atados, me planté en comisaría, puse una denuncia a las personas en cuestión que yo sé que han entrado a robar y lo dejé estar. Supongo que se les habrá hecho la fiesta y la sorpresa cuando les haya ido a buscar la guardia para interrogarlos… sé de sobra que la denuncia no va a trascender y que lo más probable es que el juez desestime el caso por falta de pruebas a pesar de los indicios (aunque dada la habilidad de la Guardia Civil para buscar pruebas y esas cosas… pues… tampoco cabía esperar más). Pero al menos me queda la certeza de que no pueden destruirme tan fácilmente y de que su sorpresa ha debido de ser mayúscula.
Llamé a mis amigos y a mis clientes y les expliqué el suceso el mismísimo día que puse la denuncia.
¿Cómo piensan las cabezas? Llamé a una amiga para felicitar a su niña de 5 años por su cumpleaños y tras las felicitaciones y la charla con la criaturita, me quedé un rato de parloteo con mi amiga. Por lo visto, los ladrones de mi casa siguen por ahí. Han intentado llamar a mis amigos, suponemos que para pedir trabajo o, quizá, para ofrecerles un género nuevo. Aish… ¿de verdad? Lo monten como lo monten nunca van a poder competir ni con mi imagen ni con mis precios. Qué desastre de gente.
Si no hubiera vivido todo lo que he vivido… hay una delgada línea fina, finísima, imperceptible… entre generar una empresa rentable y acabar convirtiéndote en un engendro marginal en un entorno sucio y sin cultura. Todavía me queda una semana aquí en las islas y a mi regreso todavía tengo otra semana por delante para terminar de atar algunos asuntos antes de volver. Pero estoy deseando llegar y arrasar la Sierra. Voy a llevarme por delante a todos mis competidores y a toda la escoria que pulula por mi reino.
Continuará…
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