Anonima Geek

Anónima, Geek… bruja, guerrera, libre, liberada. Esta es la historia ficticia de mi particular guerra real.

Reina de las Sombras III: acepta tu destino

Aún con el cofre abierto y la decisión tomada, seguía (sigo) dando vueltas al asunto. Parecía (parezco) un tigre encerrado en una jaula dando vueltas de un lado al otro.

Tienes todo lo que necesitas.

A ratos me encogía y observaba el contenido desde la distancia. Como si fuera a morderme.

Es como aquel día… tampoco tenías nada que perder.

No. Es verdad. No tenía nada que perder y tenía todo que ganar. Esa fue la idea que me motivó en aquel momento para empezar con toda esta historia. A fin de cuentas, daba el perfil. ¿Qué podía salir mal?

Salió mal.

No… no es verdad.

No. La verdad es que si lo pienso en frío no salió nada mal. Una sonrisa se escapó entonces por la comisura de mis labios mientras mordisqueaba nerviosa la uña de mi dedo gordo de la mano izquierda. Qué manía de roerme esa uña… pero sólo un poco, sin que se aprecie, siempre fui demasiado presumida para comerme las uñas del todo.

Puede que desde fuera, sin la totalidad de la información, se vea de otra manera. Pero la realidad era esa: no salió nada mal para todo lo que podría haber pasado.

Y ahora estaba aquí, sentada, con todo el futuro por delante, con el mundo a mis pies abandonado sin nadie que lo guiara, con un nuevo nicho de mercado en mente y todo el material que necesitaba allí mismo: en el maldito cofre.

Qué ironía. Todo el pasado del que había huido cuando abandoné el Páramo sin mirar atrás estaba ahí, justo ahí. No faltaba nada.

Esa no soy yo.

Sí, lo eres…

Lo fui. Ya no.

Cierto. Ahora eres algo mejor.

Algo mejor.

Acepta tu destino.

Mi destino.

Me sonaba a sarcasmo, como una maldita broma pesada. Mi destino estaba enterrado. Todos mis sueños, todos mis poderes, mi conocimiento, mis ideas… ¿para qué me servían? Años de adiestramiento para ser una esclava al servicio de un mundo destructivo, de agentes miserables que torturaban y encadenaban a la humanidad exprimiendo hasta la última gota de sus putas ganas de vivir. Yo no quería ser una de ellos. Nunca quise serlo. No podía serlo. ¿Cómo iba a serlo?

Eres la elegida…

Puto Neo. Puta Matrix. ¿Qué mierda es esa la de que tengo que ser la puñetera elegida?

Acepta tu destino…

Todavía me acordaba (y me acuerdo) de aquellos días en la universidad en los que preguntaba una y mil veces: «¿para qué sirve todo esto?«. Recordaba con claridad meridiana la respuesta: «porque el mundo funciona así«. «Ya, funciona así, ¿y por qué no podemos hacer que funcione de otra manera?» , «Porque el mundo funciona así.» El puto Alameda **

¿Para qué viniste a este lugar?

Porque sentí la llamada. Era cierto. En aquella época había un pulso en mi interior que me llamaba en esta dirección. La brújula de mi organismo me marcaba este horizonte y recuerdo que cuando me planteé la idea tenía dos opciones, las mismas opciones que le planteé al Brujo.

Y él decidió que no me merecía la pena quedarme allí, que tenía que seguir mi instinto y buscar aquello que me hiciera feliz. Recuerdo que en aquel entonces ya sabía que no era nuestro destino estar juntos en esta vida (aunque de alguna extraña manera sí que lo estamos) y recuerdo que me vine sin tener ni puñetera idea de qué coño iba a hacer aquí.

Aprender.

Sí, bueno, aprender. ¿Aprender qué?

¿Para qué viniste a este lugar?

¡Maldita sea! ¡Qué pesadilla!

Acepta tu destino.

Y dale la vuelta la mula al torno… con el destino de marras. Sí, claro, yo solita contra el mundo.

Se hizo el silencio. Empecé a entender. Claro: yo sola frente al mundo. Supongo que esa siempre ha sido la cuestión, ¿no es verdad? En todas mis aventuras, en todas mis peripecias y en todos mis emprendimientos había estado prácticamente sola y sin recursos frente al mundo.

Siempre fui yo sola. Todo lo demás lo iba encontrando o construyendo por el camino: la gente, los recursos, los contactos, las personas… y de aquello conservaba, al menos, todo lo que me había parecido de muy alta calidad.

Vine hasta aquí prácticamente sola, crecí sola, desarrollé todas mis ideas buscando la manera de ponerlas en práctica y jugué las cartas que me tocaron en el terreno en el que me encontraba. Aproveché oportunidades, sorteé obstáculos y cada error me había servido para aprender, conocer y, sobre todo, para ir calibrando cómo funcionaba el mundo que me había tocado vivir.

Acepta tu destino.

Todo este tiempo había estado jugando la partida aprendiendo desde dentro, desde abajo, desde lo más oscuro del terreno. Pero había llegado hasta las entrañas de quienes mueven los hilos y había conseguido identificar a sus títeres, sus hilos, cada nodo con todas sus conexiones. Conocía la tela de araña en la que se encontraba atrapada la Sierra de Francia mucho antes de que yo llegara. Llevaba años viendo su declive y su decadencia, observando cómo todo el mundo se desesperaba por hacer real su propia historia y desnudando las capas de pintura que le iban poniendo a la podredumbre para intentar camuflarla.

Incluso había sido víctima de su desesperación sólo por el mero hecho de que mi presencia inmortal evidenciaba su propia decadencia y su finitud frente al futuro que se les estaba echando encima.

Había llegado el momento (ha llegado).

Así que toda mi vida pasada debía volver a salir a la luz.

Acepta tu destino.

Nunca fui una de ellos. Pero me adiestraron con sus herramientas, sus conocimientos y sus formas de hacer las cosas. Conocía al enemigo. Conocía su forma de proceder, sus costumbres, su forma de ser, de moverse, de escoger, sus miedos, sus virtudes, sus carencias…

Lo acepto.

Y además tenía las herramientas necesarias proporcionadas por el propio sistema para poder cambiar el mundo y darle la vuelta a la situación. Ya lo había hecho mil veces, la más grande entre 2024-2025, cuando conseguí cambiar su versión oficial por mi propia versión: dije que lo haría y lo hice (limparé mi nombre y recuperaré lo que es mío). Todo eso pude hacerlo yo sola, sin nada.

Ahora tenía todo mi pasado al completo para enfrentarme al presente y construir el futuro, mi futuro, nuestro futuro, un futuro para todos. Y tendrían que aceptarlo: volvería a reinar de una manera o de otra, porque ese es mi destino.

Tendrán que aceptarlo.


** Alameda: D. Alameda fue mi profesor de Marketing en la universidad. El primer año me suspendió por discutir con él. El segundo año me dijo que no sabía por qué volvía a intentarlo si me iba a suspender igual. Le prometí que no podría hacerlo. Discutimos todo el curso igual… o peor. Pero aprendí a discutir en su idioma y desde su idioma. Llegué al examen borracha de whisky, sin dormir y oliendo a bar de moteros. No me llevó ni una hora acabarlo. Me puso un 9.99 para no tener que ponerme una matrícula de honor. Cuando vi la nota me produjo mucha satisfacción. Él me preguntó si la había visto. ¿Mi respuesta? «Sí, y te ha dolido a ti más que a mí», enrojeció de ira. Aquel año no pudo darle la matricula de honor a ningún alumno estrella, porque la estrella tenía que haber sido yo y no podía aceptarlo.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 12, 2026 por en Reina de las Sombras y etiquetada con , , , , , , , .